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De mi madre lo aprendí (Living by Los Dichos)
Consejos prácticos para mi hija (Advice from a Mother to a Daughter)  
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Spanish Text Excerpt 1

Capítulo uno

De mi vida para tu vida


«No hay boca donde no esté,
ni lengua ni país que desconozca,
ni sabiduría que lo sustituya».

-- LUIS ACUÑA


Aprender, tener acceso y vivir de acuerdo a los dichos


Lo primero que debo de aclarar es que no soy una experta, ni una doctora, ni una terapeuta. Sencillamente soy una mujer, una madre, una esposa y una profesional que vivo y aprendo de mis propias experiencias; de mi vida y de mis errores, así como de las lecciones que he aprendido de mi familia y de mi cultura. Este libro es una especie de guía, inspirada en mis vivencias (¡desde las relaciones sentimentales y la familia, hasta el trabajo y temas relacionados con la identidad, pasando por otras muchas experiencias acumuladas!). Mi intención es cubrir cada una de las lecciones, repasando todos los aspectos de la vida que aprendí de mi madre y que ahora le estoy traspasando a mi hija. Espero que madres e hijas de todas partes puedan encontrar algo en este libro que les enriquezca la vida y que perdure como legado para sus hijos.


Lo que bien se aprende, nunca se pierde.


Para que una cultura perviva en el tiempo, sus partícipes deben ejercer una curiosidad activa para conservar cada hilo conductor de la transmisión cultural. Tanto los jóvenes como los más ancianos constantemente deben aprender cosas nuevas, tener acceso y vivir de acuerdo a sus raíces, para que éstas se renueven con las generaciones que toman el relevo. Cada cultura tiene sus propios mecanismos para el traspaso de esta sabiduría de generación en generación.

En la cultura hispana, los dichos sirven de puente intergeneracional al establecer reglas de convivencia que se pasan de una generación a otra. En resumen, cada uno de ellos transmite un mensaje de peso, un valor o una creencia. Los dichos se emplean para señalar algo y enseñar una lección relacionada con la vida. Estos proverbios tienen el poder de ilustrar vivencias con ejemplos y, a la vez, validar las tribulaciones que conlleva la vida. Es decir, sirven de lecciones profundas que aprendemos de nuestros mayores. Cada uno de estos dichos incorpora la astucia acumulada por generaciones pasadas. En suma, son instrumentos útiles para la vida cotidiana y para el mañana. Los dichos son la historia traducida en palabras.

Hoy en día, circulan miles de dichos (algunos humorísticos, otros serios y los hay ilustrativos de determinadas naciones). Cada uno de ellos encierra un particular significado, que generalmente es universal y se puede traducir a otras culturas.

Los dichos suministran mensajes de esperanza, de dirección y de guía cuando los necesitamos. Cuando un hecho o verdad fundamental se nos escapa, los proverbios nos reconducen por el buen camino. Cuando nos enfrentamos a retos de la vida, los dichos pueden conferirle claridad y dirección a una situación determinada.

Por estas y otras muchas razones, los dichos son las reglas por las que vivo día a día.


«De tal palo, tal astilla».


Este dicho es equivalente a los proverbios anglosajones «La manzana no cae lejos del árbol» o «De tal padre, tal hijo». Mis padres emigraron de Colombia a Estados Unidos en los años sesenta. Lo único que poseían cuando llegaron a este país, era la compañía del uno al otro y el sueño de una vida mejor para ellos y sus hijos. Mi padre provenía de una familia numerosa (treces hermanos), con pocos recursos. De hecho, mi abuela paterna tuvo veintidós embarazos. Mi madre también tenía una prole de once hermanos y hermanas. Se puede decir que mi familia es el vivo retrato de «La gran familia latina».

Como tantos otros inmigrantes, poco después de casarse, mis padres decidieron establecerse «temporalmente» en Estados Unidos. Su plan inicial era trabajar y ahorrar dinero para que, en un futuro, mi padre pudiera estudiar medicina y regresar a Colombia. Cuarenta años después, mi familia sigue aquí.


La historia de Darío

El sueño de mi padre era ser doctor como un tío suyo en Colombia, para el que había trabajado cuando era joven. Como dice mi padre, Estados Unidos es «la tierra de las oportunidades». Así que mi madre y él llegaron al Bronx, Nueva York, en 1963. Habían llegado a una tierra en la que no tenían ni un solo conocido. Pensaban quedarse seis meses y encontrar trabajo. Si mi padre no lograba su objetivo, entonces habrían de regresar a casa.

Mi padre, que había realizado estudios, buscó trabajo en todas partes. Su conocimiento del inglés no era el mejor, pero sabía defenderse. Sin embargo, nadie parecía tener un puesto disponible para él. Mi padre recuerda que los patrones lo descartaban al verlo o al escucharlo hablar. Decidió recurrir a agencias de empleo que tampoco lo ayudaron. Finalmente, halló trabajo como conserje en el departamento de mantenimiento de un hospital. Dicho centro sanitario estaba a una hora y media del Bronx. Mi padre entonces ganaba cincuenta dólares a la semana y gastaba al menos un tercio de su paga en transporte al trabajo. Debido a lo costoso que resultaba el traslado, se vio obligado a vivir en los dormitorios del hospital. Mi padre visitaba a mi madre solamente los fines de semana. En aquel entonces ella estaba embarazada de mi hermana.

Pasado un tiempo, mi padre decidió que necesitaba un empleo mejor y durante treinta días paseó las calles arriba y abajo en busca de trabajo. Al final lo encontró en una compañía de relojes, en Manhattan, y pudo vivir de nuevo con mi madre. En esta ocasión buscó un barrio más seguro en Queens. Durante cinco años, mi padre trabajó para esta compañía en una cadena de ensamblaje de piezas. Fue en esa época cuando dicha compañía firmó un contrato con el gobierno de Estados Unidos para fabricar, entre otras cosas, temporizadores para las «bazukas» que estaban enviando a la guerra de Vietnam.

En la fábrica, los otros empleados que llevaban allí mucho tiempo discriminaron a mi padre. Los ensambladores más veteranos se sentían cómodos en su ambiente, y el que producía más número de piezas era admirado por todos como el «semental» del centro laboral. Estos experimentados obreros percibieron la llegada de mi padre como una amenaza, tal vez porque este prometedor cirujano era excepcionalmente diestro con las manos y trabajaba a gran velocidad. Les resultaba más fácil discriminarlo por temor, que apoyarlo porque su labor hacía al equipo más efectivo. En vez de respetarlo por su buen quehacer, se burlaban de él porque ensamblaba demasiadas piezas. Lo reprendían diciéndole cosas como: «¡Claro que tiene que trabajar rápido! No puede hablar inglés bien, así que no tiene nada mejor que hacer». Mi padre nunca se lo tomó a pecho, porque sabía que ese trabajo no era para siempre. Lo cierto es que se sentía afortunado por tener un empleo y lo veía como un paso más hacia delante. Además, comprendía que, en cambio, para esos hombres la vida se limitaba a ese trabajo. No obstante, fue tanto lo que sus compañeros lo molestaron por ser el «novato», que finalmente su supervisor le dijo: «No te preocupes por estos bromistas. Si eres capaz de hacer más piezas que los demás, hazlo, porque pagamos por pieza ensamblada. Supérate a ti mismo». El asunto se resumía en que cuantas más piezas producía, más dinero llevaba mi padre a casa. El pago consistía en $1.79 por cada mil piezas. El trabajador promedio hacía de mil a mil doscientas piezas por hora. Él era consciente de que debía destacarse para sacar adelante a una familia que aumentaba (mi hermano ya había nacido) y para, de alguna manera, cumplir su sueño de llegar a ser cirujano. Mi padre llegó a producir dos mil trescientas piezas por hora.

Decidió alternar su jornada laboral con estudios a tiempo completo en la Escuela de Medicina de Manhattan, con el propósito de sacar el título de técnico de laboratorio. Tras graduarse, y finalmente con las credenciales necesarias en su poder, pudo acceder a empleos mejor remunerados en distintos hospitales en la ciudad de Nueva York. Con el tiempo, llegó a ser supervisor del laboratorio en un banco de sangre.

En aquellos tiempos, el principal objetivo de mi padre era trasladar a la familia a un barrio mejor, en el que hubiera un ambiente más apropiado. Después de que le dijeran una y otra vez que no tenía los medios para hacerlo, y con una cuenta corriente en la que sólo había cincuenta dólares, finalmente nos mudamos, y mi padre compró su primera casa en Bethpage, Nueva York. Me llegó a contar que mientras más le advertían que no podría hacerlo, más se empeñaba en lograrlo. Mi padre pidió todos los préstamos que pudo y durante los próximos cinco años alternó dos trabajos de jornada completa con uno de media jornada, hasta que terminó de pagar sus préstamos. Simplemente, trabajó y trabajó a destajo, proveyó para la familia, pagó sus deudas e, incluso, consiguió ahorrar para la escuela de medicina.

Según mi padre, había trabajado lo suficiente y había llegado el momento de obtener el título de médico. Tuvo una revelación: «Vine a Estados Unidos a encontrar trabajo, ganar dinero y cumplir mi sueño de ser médico». Lo más simple habría sido conservar de por vida los trabajos que le permitían pagar las cuentas, mantener la familia y poco más. Pero se hizo la siguiente pregunta: «¿Por qué vine a Estados Unidos?». Temía abandonar sus sueños a cambio de la comodidad diaria. ¡Basta! Había llegado la hora de luchar por ese objetivo.

Con una familia de cinco que atender, resultaba económicamente imposible cursar los estudios de medicina en Estados Unidos. A principios de los años setenta, mi padre solicitó el ingreso en las facultades de medicina de Guadalajara, México, y de Salamanca, España. Resultaba más económico mantener a la familia en el extranjero, mientras estudiaba a tiempo completo. La opción de España no era viable porque los costos del viaje lo dejarían sin un centavo. Por ello, se decidió por la Universidad Autónoma de Medicina de Guadalajara (México). Se trataba de una facultad vinculada a la Asociación Médica Estadounidense. Atravesamos el país desde Nueva York hasta México para que mi padre pudiera ir a la universidad.

En poco tiempo, mi padre había recorrido de un extremo al otro el panorama laboral: desde obtener una paga decente en un trabajo que no le satisfacía, a no tener salario alguno; pero a cambio de ver cumplido su sueño de estudiar medicina. Ahora bien, imagínate la situación. Mi padre era un estudiante que tenía algo de dinero de los préstamos obtenidos para sus estudios, pero no tenía un trabajo con que mantener a tres niños de menos de doce años y a una esposa. ¿Cómo pudieron salir adelante mis padres? Muy sencillo: durante las vacaciones y días feriados, tanto si se trataba de una, dos semanas o el verano, mi padre conducía o volaba a los Estados Unidos para trabajar y ahorrar dinero, que luego llevaba de regreso a México. A veces lo acompañábamos en esos viajes.

Mi padre consiguió graduarse de médico a finales de los años setenta. Pero debo decirte, querido lector, que no es que simplemente recibiera un título. De los novecientos estudiantes de su promoción, se graduó con los más altos honores. Recuerdo la ceremonia. El enfado de mi hermano porque no quería ponerse una pajarita y se negaba a ir a la graduación. Recuerdo estar en la primera fila con mi familia, en un salón de actos con más de dos mil personas. Me sentía especial. Pude ver cómo mi abnegada madre observaba a mi padre cuando éste llegó a la tribuna con gesto de orgullo y de humildad a la vez. Para ser sincera, no recuerdo lo que mi padre dijo entonces. Sólo puedo imaginarlo. Pero, cuando ahora rememoro ese acontecimiento, me doy cuenta de que ese momento fue definitivo en mi vida.

Bien, ahora pensarás que mi padre ya había conseguido su sueño, pues ya era un médico y un hombre con una educación superior. Entonces, seguro que pudo conseguir trabajo en cualquier sitio, ¿no es cierto? ¡Nada más lejos de la verdad! A su regreso a Estados Unidos como un graduado de otro país y, además, extranjero, se enfrentó a otras formas de discriminación. La comunidad médica estadounidense considera que el entrenamiento y la educación que reciben los doctores extranjeros son inferiores a los de los médicos entrenados en Estados Unidos.

Para compensar esta percepción de «inferioridad», después de graduarse de la facultad de medicina, a mi padre le exigieron que completara dos años de «servicio social». Lo aceptaron en un prestigioso hospital de Tijuana, en México. Nos mudamos de nuevo, pero esta vez nos instalamos en unas viviendas para familias de bajos ingresos, en San Ysidro, California. En aquellos tiempos, era una comunidad que estaba en plena fase de desarrollo. San Ysidro está situada en la parte más al sur de San Diego, a un paso de la frontera con México. Este tramo es considerado el paso fronterizo con mayor movimiento humano del mundo. En aquel entonces, San Ysidro tenía una gran diversidad étnica y hoy en día es una comunidad multicultural. Durante los dos años que pasamos allí, conocimos a todo tipo de personas. Fue particularmente interesante, porque entramos en contacto con una cultura que era mitad estadounidense y mitad mexicana.

Mientras trabajó en aquel hospital, mi padre tuvo que alternar su horario de médico interno (habitualmente hacía guardias de hasta cincuenta y ocho horas seguidas), con la preparación de exámenes y el sustento de la familia. Además de sacrificar su vida familiar para poder ejercer de médico internista, tenía que trabajar en Tijuana, al otro lado de la frontera. Debido a su apretada agenda y a los traslados, sólo nos veía cada cuatro días. Para él era una vida solitaria, pero lo consolaba el hecho de que la familia permanecía unida. Mi padre dice que, aunque la experiencia fue difícil, le resultó fructífera porque pudo trabajar en todas las facetas de la medicina. En conjunto, le sirvió para comprender que su verdadera vocación era la de cirujano.

Después de dos años de servicio en México, un prestigioso hospital de la costa este lo aceptó para que completara allí su residencia como cirujano. Una vez más, nos mudamos. Desde el principio, el jefe de cirugía le puso a mi padre piedras en el camino y él, a su vez, tuvo que enfrentarse constantemente a las trabas. Aquel hombre, como tantos otros entonces, probablemente pensaba que un extranjero graduado en el exterior no estaba lo suficientemente calificado para triunfar en Estados Unidos. O simplemente, el problema radicaba en que mi padre era un forastero. Recuerdo cuando mi padre llegaba a casa con la autoestima por los suelos. Podía adivinar en sus ojos el sentimiento de frustración e indignación. Veía la desilusión dibujada en su rostro y la podía escuchar en el tono de su voz. A pesar de haber vencido todos los obstáculos, no le reconocían su potencial. Se limitaban a percibirlo como a un extranjero. Primero que nada, era un inmigrante y en segundo lugar, un médico. No puedo dejar de pensar que si a mi todavía hoy este recuerdo me sacude, ¿cómo debió de afectarle a mi padre? ¿Qué sentía en sus entrañas y en su corazón?

El tiempo ha demostrado que los extranjeros graduados de medicina se han destacado en todas las especialidades. Incluso, han superado los logros de sus colegas estadounidenses. Mi padre sobresalió en Hartford y llegó a ser nombrado jefe de los residentes. De hecho, y para disgusto del jefe de cirugía, fue elegido como el mejor «profesor residente» por los estudiantes de medicina de la Escuela Médica de la Universidad de Connecticut.

A mi padre le tomó casi veinte años hacer realidad su sueño de ser cirujano, y lo hizo obteniendo los honores más altos como licenciado del Consejo Estadounidense de Cirujanos. Con sus diplomas, su educación, su experiencia (y lleno de satisfacción), a mediados de los ochenta nos trasladó a un barrio residencial en Los Ángeles. Allí estableció su práctica privada en Glendale, California, donde todavía ejerce como médico. Siempre ha estado al tanto de los últimos avances, con el propósito de mejorar sus conocimientos y habilidades médicas para obtener logros en el camino. Por ello, mi padre se ha ganado la estima y el respeto de la comunidad médica, de sus colegas, sus pacientes y su familia.

Con la ayuda de mi padre, su apoyo y ejemplo a seguir, nueve de sus hermanos y hermanas consiguieron emigrar a Estados Unidos. Como me dijo uno de mis tíos: «El esfuerzo titánico que tu padre hizo para establecerse en Estados Unidos y llevar a cabo un sueño, ha sido y será el legado que define a esta familia».


La historia de Aracelly

Aunque similar a la de mi padre, la experiencia de mi madre fue diferente en muchos aspectos. Tal y como lo recuerda, desde el punto de vista emocional, su traslado a Estados Unidos representó un reto. Mi madre no conocía a nadie y se sentía sola. Como era de esperar, al principio casi siempre lo estaba porque mi padre debía trabajar. También se sentía frustrada por no dominar suficientemente el inglés para poder comunicarse. Su frustración también tenía que ver con que no estaba familiarizada con las costumbres de Estados Unidos, su cultura y sus tradiciones. Un sentimiento que se acentuaba con el frío terrible en invierno y los calurosos y húmedos veranos de Nueva York. Además, mi madre temía por el futuro.

El primer barrio en el que se establecieron mis padres en Nueva York no era seguro. Mi madre estaba embarazada y vivía en el quinto piso de un edificio de apartamentos sin elevador. Al principio, sólo veía a mi padre los fines de semana. De aquella época recuerda el ruido de las sirenas y que, por momentos, creía que iba a volverse loca. Mi madre ha reconocido que hubo ocasiones en las que pensó en regresar a Colombia y esperar a mi padre allí. Pero al final se preguntaba cómo iba a hacer una cosa así, cuando había hecho la promesa de estar junto a él en lo malo y en lo bueno. Se había casado con mi padre con la bendición de Dios, bajo la ofrenda de ser una esposa buena y dedicada. ¿Cómo iba a dejar a su marido solo? Precisamente, su amor y dedicación a él la habían ayudado a superar muchos de los malos momentos. Estaba intentando emular el ejemplo de su madre. El sacrificio que mi madre hizo por mi padre y por la familia también se debió a su formación religiosa y a la educación que recibió. Para ella, la familia viene primero, antes que todo lo demás. Y fue esta creencia la que le sirvió de guía en los momentos más difíciles. Mi madre antepone a sus intereses los sueños y metas de su esposo. Parece demasiado buena para ser de carne y hueso, ¿verdad? Deberías conocer a esta mujer.

Poco después, mi madre se matriculó en clases de inglés, para ocupar su tiempo mientras cuidaba de nosotros. Por supuesto que habría podido trabajar, pero, ¿quién iba a encargarse de los niños? ¿Quién iba a tener la casa lista y arreglada cuando llegara su marido? ¿Quién le iba a preparar la cena tras un largo día de trabajo? Para ella, eran cuestiones vitales entonces y siguen siéndolas hoy en día. Consciente de que a mi padre le tomaría tiempo hacer realidad sus sueños, mi madre sabía que debía ser paciente.

Le resultó más fácil la vida en Guadalajara. Según me ha contado, allí se sintió de nuevo en casa. Podía relacionarse fácilmente con la gente, la cultura, las tradiciones y el idioma. En el Bronx, por lo contrario, le costaba hacer amigos porque todo el mundo siempre parecía estar ocupado. De pronto estaba rodeada de estadounidenses, para quienes el inglés era la lengua materna, mientras que para ella aún no era ni su segundo idioma. Todos estaban demasiado atareados para conversar con ella y no le prestaban atención, porque su acento era fuerte y su comprensión del inglés aún era endeble. Mi madre cuenta lo infeliz que se sentía en Estados Unidos, embarazada y sin familiares con quienes charlar. En aquel entonces, su madre y sus hermanas estaban en Colombia y las llamadas telefónicas eran un lujo inalcanzable. La barrera del lenguaje la mantenía aislada y le impedía hacer amistades. Hubo momentos en los que sintió que se ahogaba en un aislamiento cultural y, desde el punto de vista emocional, le resultaba difícil preservar su salud mental. Sin duda, su estancia en el Bronx fue todo un reto para ella, mientras que Guadalajara fue su segunda casa.

En Guadalajara, mi madre pudo trabajar media jornada traduciendo documentos para los estudiantes de medicina. Pero, para ella, su principal responsabilidad era cuidar de su esposo, de sus tres hijos y del hogar. Los amigos de mi padre siempre visitaban nuestra casa. Allí siempre había visita y todo el mundo era recibido con los brazos abiertos. No hay que olvidar que mi padre era el mejor estudiante de su promoción y, además, era un magnífico compañero de estudios. A pesar de que a mis padres no les sobraba nada, siempre había un plato de comida caliente para los que acudían a estudiar o simplemente venían de visita. Mi madre solía decir: «Donde hay comida para uno, hay para dos, tres, cuatro . . .».

Muy pronto, la «Casa de los Pérez» se convirtió en el lugar de encuentro de los estudiantes de medicina. Una vez le pregunté a mi madre si eso le resultaba una carga. Ella me respondió: «No, al contrario». Le encantaba la compañía y el poder apoyar a mi padre de cualquier manera, ya que se trataba de momentos muy «preciados» para él. Según ella, lo que atraía tantas visitas era la personalidad de mi familia.

Mi madre me cuenta, además, que durante más de once años mi padre se «ausentó» de la familia. Ella podría haber optado por el enojo, la protesta o la rebelión, pero no lo hizo. En sus propias palabras, mi madre no podía ser egoísta y pensar en sus intereses. Su objetivo era facilitarle las cosas a su esposo, para que él pudiera llevar a cabo su sueño. En aquellos tiempos esa era su misión. Mi padre trabajaba mucho y muy duro para ser un médico y darnos una mejor vida. Desgraciadamente, no pudo disfrutar de nosotros mientras crecíamos y nos hacíamos mayores, porque siempre estaba trabajando o estudiando. Aun así, mi madre fue capaz de criar tres hijos, a la vez que les inculcaba la presencia del padre en el hogar. Nunca nos permitió olvidar nuestra identidad como familia. Tal y como me lo ha contado, mi madre se apoyaba en la fuerza y la sabiduría que su madre le había transmitido.

Hoy en día mi madre reconoce que, como pareja, corrieron el riesgo de alejarse el uno del otro hasta llegar a separarse. Por esa razón, mi madre procuró mantener la comunicación con mi padre, cuidando de él y de su familia. Fueron la fe y la confianza que tenía en él, así como su noción de la familia, las que le dieron fuerzas. Pero lo más importante y lo que la animó hasta el final fue el amor que sentían el uno por el otro. Teniendo en cuenta las circunstancias, mi madre hizo lo mejor que pudo. Mientras veía lo duro que trabajaba mi padre, siempre supo en el fondo de su corazón y guiada por sus profundas creencias religiosas, que al final todo saldría bien. Siempre la acompañó la certeza de que sus sueños iban a cumplirse.

Una vez le pregunté a mi madre qué significaba para ella el «sueño americano». Me contestó que consistía en que mi padre fuera un cirujano y en que sus hijos tuvieran una buena vida, en la que pudieran hacer realidad sus sueños. Mi madre nos educó de la única manera que ella sabía hacerlo. Es decir, de la misma forma en que su madre y su padre la formaron: con valores y tradiciones sólidos. Por ejemplo, mi madre siempre quiso que el español fuera el primer idioma de sus hijos. Me ha hecho saber que no está (ni nunca estuvo) avergonzada de ser latina. A pesar de su fuerte acento, se hacía entender entonces y ahora. Para mi madre, era de suma importancia mantener viva nuestra cultura en la familia.


El legado de los Pérez

Mis padres sacaron adelante a la familia a fuerza de tesón y mucho trabajo. Nos permitieron desarrollar una identidad nueva en un país nuevo. Y, aún más importante, nos abrieron las puertas a mejores oportunidades educativas y a una calidad de vida superior. Mi vida ha sido (y sigue siendo) muy rica, de muy diversas maneras. En la búsqueda por una existencia mejor, nuestros padres nos llevaron a mí y a mis hermanos a vivir en distintas ciudades y nos enseñaron a respetar a los demás como si fueran parte de nuestra familia. Quién me lo iba a decir, que este hecho, junto a los dichos que aprendí de mi madre y que escuché de niña, acabarían por ser mis regalos más preciados y mi guía.

Gracias a mis padres llegué a vivir en los barrios con mayor diversidad étnica del país. Conocí todo tipo de modos de vida, culturas y los distintos problemas que surgían en estas comunidades. Pero lo que experimenté con mayor profundidad, fue la amplitud de mente y la honestidad que mi familia nos proporcionó. Algo de lo que también hicieron partícipes a los amigos y conocidos, sin tener en cuenta el componente étnico o económico de cada uno de ellos.

Pude ver cómo mi padre llevaba a cabo su sueño y a la vez cuidaba de su familia, mientras servía a los demás como médico. Hasta el día de hoy, vela por sus pacientes para que éstos tengan una vida larga y saludable y jamás se ha negado a atender a alguien porque no haya tenido dinero o seguro médico. Mi padre se ha preocupado por que la administración gubernamental y médica pertinente supliera medicamentos a la comunidad. Durante veinticinco años vi a mi padre hacerlo día tras día, sin esperar nada a cambio. Ni tan siquiera que le dieran las gracias.

La historia de mi padre es lo que me inspiró a hacer realidad mis sueños. Fui testigo de cómo mi madre nos apoyó, tanto a sus hijos como a mi padre, en tiempos difíciles. La historia de mi madre es lo que me motiva a no darme por vencida nunca y a seguir adelante. Su esfuerzo incansable y desinteresado me ha proporcionado las lecciones más importantes y vivo de acuerdo a estos preceptos.

Cuando mi madre era joven, era una bella mujer que, irónicamente, quería ser abogada. Sin embargo, no pudo ser así porque, al ser la mayor de sus hermanos, tuvo que encargarse de cuidarlos y criarlos.

Cuando le pregunté a mi padre qué era para él el «sueño americano», me contestó: «Es muy simple. Es la oportunidad de trabajar, de sacar adelante a mi familia y de que mis hijos tengan la mejor educación posible». A esto añadió: «Lo que uno puede lograr en este país, no se consigue en ninguna otra parte del mundo».

En mi caso, puedo afirmar que estoy viviendo el «sueño americano». Agradezco que, por medio de diversas circunstancias (y a pesar de las opciones limitadas), mis padres integraron nuestra cultura como un elemento necesario para llevar a cabo este sueño. Nuestra cultura no fue un obstáculo para triunfar en Estados Unidos. Al contrario, fue necesaria y de suma importancia para facilitar nuestra asimilación.

Creo que nuestra cultura debe prevalecer dentro del conjunto del «sueño americano». Por ello, pienso que es de vital importancia que les enseñes a tus hijos a aprender, tener acceso y vivir de acuerdo a las tradiciones de tu cultura propia, e incluir, en la medida de lo posible, el idioma. Creo que debemos estar orgullosos de cada aspecto de nuestra dinámica cultura y de nuestra educación. Constantemente escucho decir que los latinos somos los mejor parecidos y los mejores bailarines. Que tenemos la mejor cocina y que nuestras fiestas son de antología. ¡También somos los más ruidosos de la cuadra! Además, tenemos la singularidad de emplear dos idiomas en una conversación. Soy afortunada porque mi primer idioma es el español y aprendí el inglés cuando tenía unos diez años. Sin embargo, me propuse perfeccionar ambas lenguas.

Mi esposo es puertorriqueño de segunda generación. Sus padres eligieron que no aprendiera español, porque pensaron que sus hijos tendrían más oportunidades si el inglés era su primera lengua. Ahora bien, ¿acaso el hecho de que no hable español lo hace menos latino o huérfano de una cultura propia? No lo creo. De hecho, cuando conocí a Christopher me sorprendió lo mucho que le importaban los derechos de su comunidad. Poseía la misma pasión que consumía a mis padres. Compartíamos la misma ambición y la indignación por las injusticias que se cometen contra nuestra gente. Christopher me hizo reflexionar sobre mis propias convicciones.

La cultura forma parte de lo que en el interior nos define como individuos. Es decir, es un componente de nuestra esencia. A pesar de que nuestras experiencias han sido distintas, mi esposo y yo compartimos muchos de nuestros valores, principios, pasiones, expectativas y vivencias. A ambos nos encanta la conversación y somos sociables. Incluso, a veces, él puede ser muy gritón. Tanto si se trata de la familia, de los negocios, la ética de trabajo, la amistad o la comida, lo cierto es que compartimos muchas de las mismas tradiciones. ¡Mi marido puede irrumpir en un lugar y tomarlo por asalto! Es dinámico de la manera en que sólo puede serlo un hombre latino. Soy consciente de que la cultura que compartimos nos une y que al principio eso fue lo que nos atrajo el uno al otro. ¡Bueno, debo decir que Christopher es bien parecido!

Tal y como fueron los hogares en los que crecimos, ambos queremos que en nuestra casa entren y salgan los amigos de Sofía. En mi caso, siempre fue más bien divertido, pues todas las amistades que no eran de origen hispano querían pasarse el día en casa de su amiga latina. Yo creo que se debía al encanto del español, al ambiente divertido, a nuestro sabor y nuestra comida.

Me siento honrada cuando me piden que dé conferencias en distintas partes del país para hablar, no sólo de temas de inmigración, sino como en este libro, de vivencias personales. Y se lo debo a la educación que me dieron mis padres y a su legado. Si lo comparo a los logros de mis padres, no creo que yo haya hecho lo suficiente. Siempre hay algo más que aprender y algo más que hacer por los demás.

Hoy en día estoy más segura que nunca de mí misma, de mi identidad y de mis objetivos. Se lo atribuyo a los años y a la experiencia. Pero, además, creo que es algo que corre en la sangre. Siempre puedo decir que soy capaz de hacer lo que me proponga porque «tengo la sangre de una mujer latina. Tengo la sangre de mi madre». Por eso, cuando la gente me pregunta: «Cristina, ¿cómo consigues hacerlo todo?», le contesto con el dicho más apropiado: «De tal palo, tal astilla». Estas pocas palabras han sido mi secreto y mi inspiración a la hora de saber que puedo triunfar en lo que sea, si me lo propongo. Se trata de un legado que iniciaron mis padres y que deseo continuar.


Mi deseo para ti

Irás descubriendo que este libro, al igual que mi vida, está basado en las sólidas enseñanzas y lecciones que he aprendido de los dichos y la sabiduría popular que mi familia me ha transmitido. He elegido servirme de los dichos, porque son un vehículo simbólico de conceptos relativamente sencillos que me han guiado en ciertas situaciones de mi vida. Cada capítulo incluye dichos simbólicos que son relevantes al mismo. En él, incluyo la interpretación que hago de cada uno de ellos, la aplicación que tienen en la vida y cómo tú, estimado lector, puedes aprovechar estos dichos para mejorar tu vida. Lo que aporto es la moraleja que encierra cada dicho.

Con este libro, quiero homenajear la cultura latina y, además, el papel que la mujer desempeña en ella. También es una celebración de tu propia cultura y de tu papel dentro de esta tradición. Aunque hablo de mi cultura desde mi corazón, espero que mis lectores puedan identificarse con sus respectivas culturas y hallar su propia inspiración y lecciones aplicables a sus vidas y sus tradiciones. Mi intención es abordar muchas preguntas que me han hecho: ¿Cómo, siendo latina, has podido triunfar en un mundo de hombres? ¿Cómo me he ganado el respeto en un mundo bilingüe? ¿Cómo puedo compaginar con éxito mi familia y mi profesión? Siendo latina, ¿cómo he podido asimilarme en Estados Unidos? Pero quiero que sepas que este libro es para todos, independientemente de la raza, sexo o edad.

Hoy, más que nunca, parece que los jóvenes latinos (mujeres y hombres) reniegan de su cultura. No sólo la sociedad, en general, cuestiona quiénes somos, sino que nosotros mismos nos preguntamos qué significa realmente ser latino en Estados Unidos. Nos esforzamos tanto por ser aceptados por la «media» estadounidense, que acabamos por olvidar y sacrificar lo que nos hace únicos: nuestra cultura y nuestra singular identidad. Buscamos en otros la inspiración y la dirección, cuando deberíamos fijarnos en nosotros mismos, en nuestros padres, nuestros antepasados y nuestras tradiciones culturales.

Mi deseo es, por medio de este libro poder enseñar, guiar e infundir orgullo, sobre todo a los más jóvenes. La clave para triunfar en todos los niveles, radica en permanecer vinculados a las valiosas lecciones que nos ofrece nuestra cultura. Y esto se consigue cuando aprendemos, tenemos acceso y vivimos de acuerdo al conocimiento que encierran estas lecciones. Las respuestas a las preguntas que constantemente nos hacemos se encuentran en el interior de cada uno de nosotros. Lo que nos define es nuestra identidad, nuestra cultura y nuestras tradiciones, valores que no debemos sacrificar a ningún precio. Recuerda que, como me dice mi madre y yo le diré a mi hija: «Lo que bien se aprende, nunca se pierde».

Copyright © 2006 Cristina Pérez González
Traducción copyright © 2006 Cristina Pérez González