Product Details
Pocket Books, November 2007
eBook, 240 pages
ISBN-10: 1416592156
ISBN-13: 9781416592150
From Gente Como Nosotros
El oro es dinero en efectivo y el amor es un cheque sin fondos
Ana laura y yo decidimos pasar parte del invierno en las montañas. Después de barajar todas las opciones posibles, nos inclinamos por alquilar una casa. Si bien no tendríamos las comodidades propias de un hotel, tampoco sus inconvenientes y -- sacando cuentas -- nos costaría la tercera parte.
Además, contaríamos con la tranquilidad y la soledad necesarias para trabajar a gusto. Ana Laura debía corregir seis textos que el editor necesitaba lanzar en febrero y yo tenía que terminar más de doce cuentos, los cuales hacía tiempo había empezado y me servirían para pagar buena parte de mis innumerables deudas.
Así las cosas, cargamos mi diminuto automóvil con las vitualles y el instrumental para el trabajo pendiente de dos intelectuales y nos lanzamos a lo que sería nuestro pequeño paraíso terrenal durante algo más de un mes.
El camino a las montañas lo encontramos plagado de aromas e imágenes espléndidas. Los pájaros cantaban como si fuera el último día de su existencia y la pintura que la naturaleza estaba desarrollando nos impresionó sobremanera.
Nos detuvimos en un mirador en la carretera para apreciar mejor el paisaje.
Aunque había muchos árboles sin hojas, otros se encontraban repletos y lucían un color verde oscuro bellísimo. El piso estaba tapizado de hojas, formando un mosaico en varios tonos de marrón. A lo lejos, algunas montañas más altas se hallaban coronadas por nieve y nubes que parecían besarlas.
El aire era bastante frío, pero muy agradable.
Nos fumamos un cigarrillo, en silencio, contemplando aquella belleza.
Ana Laura preguntó entonces:
-- ¿Hacia dónde está la casa?
Me concentré un momento y después señalé hacía un punto entre dos montañas no muy altas.
-- Por allá.
Ella siguió con la vista mi mano y el dedo que apuntaba a lontananza.
-- Bueno, pues vámonos. Esto es muy bello, pero no quisiera que nos pillara aquí la noche.
Abordamos de nuevo el Volkswagen, que empezó a dar muestras de fatiga mientras más pronunciado se hacía el camino, pero finalmente la tecnología germana se impuso y el pequeño automóvil remontó triunfante las empinadas cuestas.
A las seis de la tarde llegamos por fin a la casa. Para entonces hacía ya demasiado frío.
Adentro de la casa era una auténtica nevera y se sentía mucho más frío que en el exterior, pero la chimenea rebozaba de leña seca y no tardamos mucho en encender un buen fuego.
Permanecimos acurrucados frente a la lumbre hasta que los huesos se nos entibiaron de nueva cuenta. Luego hice varios viajes al coche para sacar nuestro equipaje, la laptop de Ana Laura y mi procesador de palabras.
Una vez hecho esto, nos dedicamos a inspeccionar la casa.
Era un edificio pequeño, bastante antiguo, pero mantenido perfectamente bien; constaba de una agradable sala, comedor, una gran cocina -- que contrastaba con el tamaño de la casa -- y una habitación sumamente acogedora. Aquí había otra chimenea, la cual Ana Laura encendió de inmediato.
Nos servimos una copa y comimos queso y paté enlatados. Después de una breve sobremesa, arreglamos la habitación y luego de retacar ambas chimeneas con leña nos acostamos a dormir. El camino había sido un poco pesado, no sólo para el Volkswagen, para nosotros también, y el frío nos invitaba a buscar cobijo bajo las sábanas y un grueso edredón de plumas, que la compañía que alquilaba la casa había provisto.
Ésa fue la noche que llegamos a las montañas.
Al día siguiente comenzamos cada uno con su trabajo. El aire montañés me caía de perlas y ese día terminé un cuento que tenía atorado desde hacía seis meses. Ana Laura, por el contrario, después de trabajar un par de horas, se dedicó a deambular por la casa y casi no hizo otra cosa. Antes de las cinco de la tarde ya se había bebido más de media botella de vodka. A las ocho de la noche, tuve que llevarla a la cama, pues se había quedado dormida frente a la chimenea.
Los días transcurrieron más o menos con la misma tónica. Si bien ella no se embriagaba todo el tiempo, muy pronto se dio cuenta de que había sido un error enclaustrarnos en aquella parte del planeta. La bella mujer no podía trabajar y salía a caminar por el bosque. Tres o cuatro veces cogió el auto para ir al pueblo cercano a comprar víveres -- y vodka. Yo, mientras tanto, terminaba con rapidez una historia tras otra; me sentía como una botella de vino espumoso a la cual le hubieran quitado el corcho y ahora desbordaba frase tras frase con una celeridad que antes nunca había conocido.
Al mismo tiempo, la laptop de Ana Laura permanecía inactiva y solitaria, como si fuera nada más que parte de la decoración de la vivienda.
Yo sabía muy bien que Ana Laura se moría de ganas por volver a la ciudad o ir a un sitio más animado, pero no dijo una sola palabra al respecto. Llevaba su aburrimiento con estoicismo.
Una tarde -- en el apogeo de su tedio -- descubrió la tapa de entrada al desván de la casa. Ésta se encontraba sellada, pero no hay sello que resista la curiosidad femenina, así que Ana Laura se dedicó a explorar el sitio, ayudada de una linterna que trajo del auto.
Después de un rato, encontró algo interesante que me mostró a la hora de la cena.
Era un viejo cuaderno con dibujos que trataba precisamente sobre la casa en la que estábamos. En él se podía observar una secuencia muy exacta, desde un dibujo del terreno baldío, hasta la casa completamente terminada, pasando por los cimientos, la construcción de las paredes, el techo.
Cada dibujo llevaba la fecha al pie de la página. La casa había sido terminada hacía más de un siglo. Ana Laura preguntó al cerrar el cuaderno:
-- ¿Qué te parece?
-- Excelente dibujante.
Aquella noche no hablamos más del asunto.
A partir de entonces, el aburrimiento de mi chica desapareció por completo. Dedicaba todo el día a observar los bocetos del viejo cuaderno. Parecía hipnotizada con él. Pasaba horas mirando cada uno; daba la impresión que se tratara de una colección de algún maestro flamenco. Ana Laura suspendió el consumo de vodka y casi no comía ni salía a caminar. Se encontraba como bajo el dominio de un hechizo.
A los tres días de su hallazgo en el desván, interrumpió mi concienzudo trabajo:
-- ¡Mira esto!
Me señalaba un punto de un dibujo en especial. Yo no acertaba a descubrir el meollo de su atención:
-- ¿Qué es?
-- Parece una especie de sótano.
Efectivamente, en el grabado aparecía una excavación grande. Justo abajo del piso de la cocina. Yo no le di importancia.
-- Debe ser una cisterna -- dije, tratando de volver a mi trabajo.
-- No lo creo -- insistió -- ,aquí lo que sobra es agua,además hay un pozo a unos metros de la casa. ¿Para qué construir una cisterna? Y algo más -- añadió levantando levemente una de sus hermosas cejas -- , ya examiné el piso de la cocina y no existe ningún registro.
-- ¿Y? -- pregunté desinteresadamente, mientras encendía un cigarrillo.
-- Puede ser un escondite secreto.Tal vez haya tesoros allí dentro. ¿Te imaginas?
Definitivamente, mi inspiración se había fracturado, así que decidí prestarle más atención a lo que mi bella acompañante sugería.
-- ¿Dices que no hay ningún registro en el piso de la cocina?
-- Compruébalo tú mismo.
Me dirigí a la cocina, con el cuaderno abierto en mis manos y me situé en el punto donde se suponía existiría el escondrijo.
No había nada. Sin embargo, la loseta que cubría el piso de la cocina no era la misma que mostraba el grabado de la casa a medio construir.
Ésta se veía mucho más moderna.
-- No es el mismo piso, -- dije, mientras miraba distraídamente las puntas de mis botas.
Ana Laura pareció decepcionada al notar la observación.
Sólo para darle gusto a mi dama, golpeé con el tacón todo el piso de la cocina. En ningún sitio se escuchó que estuviera hueco. Todo era tan sólido como la roca.
-- Mira, Ana Laura, creo que se trataba de un depósito de algún tipo. Con el tiempo, ya no tuvo utilidad alguna y al cambiar el piso de la cocina, los nuevos dueños simplemente rellenaron el agujero y sanseacabó.
Con el aspecto de una niña reprendida, dijo:
-- Está bien, sin embargo, parecía una buena idea. ¿O no?
A la mañana siguiente, Ana Laura estaba echada sobre el piso de la cocina, investigándolo centímetro a centímetro.
Como yo tenía otras cosas que hacer, no le presté atención. Si ella deseaba pasar el día buscando pistas de tesoros inexistentes, ¡adelante! Yo haría lo mío.
De reojo, me di cuenta de que abandonaba sus pesquisas en la cocina al filo del mediodía y volvía a subir al desván.
Horas después, bajó cubierta de polvo, con un rollo de antiquísimo papel entre las manos.
Sin decir palabra alguna, lo desenrolló delante de mí, encima de mi procesador de palabras.
Era un bien diseñado proyecto de construcción. Parecía el plano original de la casa. Poseía una creatividad magnífica; estaba logrado en tinta color sepia. Los trazos revelaban sin duda alguna el exacto pulso de un consumado dibujante.
Y allí estaba . . . El sótano debajo de la cocina. Claramente delineado con puntitos, pues se trataba del subsuelo.
Esta vez decidí tomar en serio a Ana Laura.
Si se trataba de algún tipo de almacén y había sido clausurado, no perdíamos nada con investigarlo, aunque sólo fuera para darle el gusto a mi hermosa compañera.
Al día siguiente fuimos al pueblo. No había ninguna oficina de construcciones ni de registro de obras privadas, pero nos indicaron que en la biblioteca podríamos encontrar información sobre algunas de las construcciones locales.
La mujer madura que nos atendió en la biblioteca resultó más fría que la mañana y tardó varios minutos en convencerse de que no pensábamos asaltar el sitio ni nada por el estilo. Finalmente, después de hacernos pedazos con un par de miradas, nos guió al cuarto de lectura; nos ordenó tomar asiento y nos exigió silencio absoluto llevándose un dedo a los labios. Ni Ana Laura ni yo habíamos articulado palabra alguna, pero la fea arpía parecía complacida en tratarnos como a un par de colegiales.
Desapareció durante lo que se nos figuró una eternidad y luego entró nuevamente. Traía consigo un libro enorme y dos más pequeños, todos bastante antiguos.
Abrió el libro grande sobre una de las mesas y a señas nos indicó que allí estaba lo que estábamos buscando. Después, hablando en voz muy baja -- lo que resultaba ridículo, pues no había nadie más en la sala de lectura -- nos dijo que en los dos libros pequeños encontraríamos información adicional. Nos advirtió que cuidáramos el material, pues era muy valioso. Luego volvió a observarnos largamente y por fin desapareció rumbo a su escritorio.
Ana Laura se volvió a verme -- divertida -- y dijo en un susurro:
-- Pórtate bien si no quieres que la maestra te expulse de la escuela.
Tuve que contenerme para no soltar una carcajada, si bien el chiste no era sensacional, la tensión del lugar y del momento lo habían hecho sonar excelente.
Una vez bajo control, nos dedicamos a mirar el libro grande. No tenía ningún título y contenía grabados de varias construcciones, tanto dentro del pueblo, como de sus alrededores. La mayoría de estos dibujos iban acompañados de una breve descripción de cada construcción y de uno o varios planos.
En una de las páginas centrales se encontraba nada menos que nuestra actual morada. El plano era el mismo que había encontrado Ana Laura en el desván. Parecía una réplica elaborada con fotocopiadora. Era perfecta.
La descripción acerca de la casa no proporcionaba información alguna, aparte de los detalles meramente técnicos.
Observamos otras construcciones más o menos parecidas y ninguna tenía sótano.
Ana Laura interrumpió mis cavilaciones.
-- Si se trata de una edificación común y corriente, ¿por qué aparece en la crónica del pueblo?
Sin esperar a mi respuesta, la cual consistiría en un impotente encogimiento de hombros, ella empezó a hojear uno de los libros más pequeños. Yo hice lo propio con el otro.
Éste describía algunas casas particulares del pueblo y su historia.
La casa que nosotros ocupábamos tenía la característica -- al parecer la única -- de haber sido diseñada y dibujada por un hijo predilecto de la región. Un dibujante exquisito e impecable.
En esto estaba, cuando Ana Laura me interrumpió, casi gritando:
-- ¡Mira esto!
Yo apenas acomodaba el libro para poder observar lo que la bella me señalaba, cuando una tétrica voz hizo que se me erizaran todos los cabellos del cuero cabelludo.
-- Si no piensan guardar silencio,será mejor que se marchen.
Se trataba de la bibliotecaria, quien -- visiblemente molesta -- nos amenazaba con un largo y deforme dedo índice.
-- Usted disculpe -- dijo Ana Laura, en voz muy baja y dulce.
-- ¡Que sea la última vez! A la próxima nos veremos obligados a suspenderles el servicio.
La vieja bruja habló en plural como si nos encontráramos en la biblioteca central de Nueva York y no en aquel agujero en lo más recóndito de las montañas.
Afortunadamente, volvió a su sitio y Ana Laura señaló con uno de sus bellos y estilizados dedos, una parte del libro que había estado leyendo.
Se describía la construcción de marras, mencionando principalmente el diseño. Lo sobresaliente era que el dueño de la casa había contratado al mejor arquitecto de la comarca para que le diseñara un refugio. No un simple sótano, sino un refugio perfectamente ideado para protegerse en caso de una guerra.
No había pormenores.
Ésa era toda la gracia de la casa y por eso se encontraba registrada en los libros.
Ana Laura le pidió atentamente a la bibliotecaria que le tomara copias fotostáticas de los dibujos y los planos, a lo cual, se rehusó rotundamente, argumentando que la copiadora era para uso exclusivo de la biblioteca y no de "los bulliciosos turistas".
-- ¿Podría entonces prestarnos los libros para obtener copias en alguna otra parte? -- pregunté.
-- ¡Desde luego que no! -- respondió airada la bruja -- . Por nada del mundo expondría los tesoros del pueblo en manos de gente como ustedes.
-- ¿Qué sugiere entonces? -- pregunté divertido, recordando mis días en la escuela secundaria.
-- No sugiero nada, excepto que se marchen con su música a otra parte. Aquí no son bienvenidos.
Diciendo esto, retiró los tres libros y fue a acomodarlos en su sitio, dando por terminada la discusión.
Una vez en la calle, el frío nos recibió a bofetadas así que fuimos a refugiarnos a una cafetería.
Unas campanitas sonaron al abrir la puerta y el aroma a pan recién horneado y a café nos invadió agradablemente los sentidos. El fuego ardía en una chimenea situada en un extremo. Aquel lugar era la definición exacta de la palabra acogedor.
Un hombre muy obeso, entrado en años, gastando un gran delantal blanco y cara de bonachón, se acercó a atendernos. Su rostro -- en especial la nariz -- mostraba las huellas de una larga e inútil batalla librada contra el exceso de alcohol, pero sus modales eran atentos y agradables.
Ordenamos café y un par de coñacs -- para entrar en calor.
Se encontraban ocupadas otras dos mesas y un tipo solitario fumaba una pipa en la barra, frente a una humeante taza.
El hombre gordo nos sirvió lo que habíamos pedido, mientras preguntaba con voz arenosa:
-- ¿Turistas?
Después de la experiencia sufrida en la biblioteca, dudé en contestar.
Ana Laura tomó la palabra, produciendo al mismo tiempo una de sus adorables y melosas sonrisas.
-- Alquilamos una casa en las afueras. De hecho vinimos a trabajar. Somos escritores.
El hostelero esbozó una sonrisa de franca bienvenida, dejando ver un gran espacio negro donde alguna vez habían existido dientes.
-- Sean bienvenidos -- exclamó. Sin decir más, se alejó de nuevo y se situó atrás de la barra, procediendo a limpiar (más bien a lustrar) una cantidad interminable de tazas y vasos.
Su actitud disolvió rápidamente en azúcar el gesto de la amarga bibliotecaria. Después de unos minutos, ordenamos más coñac. El café era muy fuerte, pero tenía un sabor delicioso.
El hostelero nos volvió a servir.
-- Estos son cortesía de la casa -- dijo, mientras se empinaba un vasito lleno del mismo licor.
Ana Laura lo invitó a sentarse con nosotros y él aceptó de buena gana.
El buen hombre se llamaba Guillermo.
Después de unos minutos de plática, el tipo de la gran nariz con venas reventadas preguntó:
-- ¿Cuál es la casa que alquilaron?
Sin mucho problema procedimos a darle las señas.
-- ¡Ah! La casa de Bernabeu.
-- ¿La conoce? -- le preguntó Ana Laura revelando una infantil cara de sorpresa.
-- Todos en el pueblo la conocemos. Mi padre platicaba que el propietario era un francés que estaba medio loco. Vivía pensando en guerras e invasiones . . .
Le dio un sorbo a su coñac y después de limpiarse los labios con el dorso de una mano, continuó:
-- Decían que vivía obsesionado con las guerras. Contrató a uno de nuestros mejores chicos para que le hiciera una casa con un buen refugio. Decía que a él no lo atraparían tan fácilmente.
En ese momento, uno de los parroquianos le gritó al hostelero, demandando servicio.
-- Ahora vuelvo -- dijo, inundando el ambiente con un denso olor a alcohol.
Unos minutos después, el hombre regresó a la mesa, pero ya no tomó asiento, sino que cruzó los brazos y preguntó:
-- ¿En qué estábamos?
-- Decía usted que . . . ¿Bernabeu? . . . estaba obsesionado con las guerras -- contestó Ana Laura, pletórica de interés.
-- ¡Ah! Sí. ¡Y con las invasiones! Según parece, su abuelo había servido en el ejército de Napoleón, debe haberle narrado demasiadas atrocidades al pobre hombre cuando era sólo un niño.
-- Pero . . . Si todos sabían que tenía un refugio, eso ya no le daba ventaja alguna, ¿o sí? -- preguntó Ana Laura.
Guillermo se llevó un índice a la sien y se dio varias vueltas, indicando locura.
-- ¿Qué ocurrió con él? -- pregunté.
-- ¿Con Bernabeu? Nadie lo sabe con certeza. Después de estrenar su flamante casa, contrajo matrimonio y desapareció del pueblo.
-- ¿Ha entrado alguien en el refugio? -- demandó Ana Laura.
-- Nadie. Después que el francés se marchó y antes de que la municipalidad se apropiara de la casa abandonada, muchos curiosos quisieron encontrar el acceso al sótano, tal vez pensando que hallarían algo de valor allí dentro. Sin embargo, parece que Bernabeu hizo un buen trabajo, nadie ha podido encontrar la entrada.
El hostelero volvió tras la barra a su eterno lustrar de vasos y tazas.
Permanecimos en silencio algunos minutos.
Entonces Ana Laura afirmó:
-- Tenemos que excavar en ese sótano. Allí hay algo.
-- Tranquila, mi amor. Antes de destrozar la casa, debemos buscar algún acceso al refugio. Tal vez exista -- dije, poco convencido.
Pagamos la cuenta y salimos de nuevo al frío de la calle.
Una vez en el auto, nos dirigimos en silencio a casa -- a la casa del paranoico Bernabeu. No hablamos en absoluto. La historia me llamaba la atención y tuve la idea de que se podía escribir un buen cuento acerca de todo aquello. Más aún, si lográbamos de alguna manera penetrar en el sótano, un cuento no bastaría. Habría elementos suficientes para una novela, sin importar lo que encontráramos en el subsuelo; precisamente para eso estaba la imaginación del escritor.
Tal vez no había tesoros enterrados allí, pero, si se lanzaba al mercado una novela interesante, ésta sería una especie de pequeño tesoro.
Cuando llegamos a la casa, estaba congelada. Ana Laura se dedicó a alimentar el fuego de las dos chimeneas.
Aunque era temprano todavía, el coñac nos había hecho entrar en calor y nos servimos sendos vasos de vodka, antes de arrellanarnos en el sillón frente a la chimenea de la sala y dedicarnos un buen rato a observar cómo las llamas devoraban la leña seca.
Ana Laura rompió el silencio.
-- ¿Qué sugieres que hagamos?
-- Podemos buscar un acceso al sótano, si es que todavía existe.
Ella esbozó la mejor sonrisa de su catálogo y respondió:
-- Trato hecho. Manos a la obra.
Apuramos el vodka que quedaba en los vasos y nos distribuimos el trabajo:
Yo exploraría la cocina, el baño y la alcoba; Ana Laura, por su parte, la sala y el comedor.
Pasamos horas escudriñando en cada rincón, en cada recoveco. Si alguien nos hubiera estado observando, seguramente habría pensado: o bien que estábamos completamente dementes; o que ensayábamos una obra teatral de Ionesco.
Nos arrastramos por el suelo como meras cucarachas; quitamos los cuadros y los espejos de la pared; palpamos cada orificio y cada panel de madera buscando botones y trampas.
Nada.
A las siete de la noche nos encontrábamos completamente rendidos y hambrientos. No habíamos descubierto más que unas cuantas telarañas y mucho polvo.
El fracaso y la desilusión eran el común denominador en el ambiente.
Cenamos pavo frío acompañándolo con una botella de vino blanco; abarrotamos de leña las dos chimeneas y nos marchamos a dormir.
Ya que el estado de ánimo no era propicio para el ejercicio sexual, nos quedamos muy pronto profundamente dormidos . . .
. . . Me encontraba en el refugio de Bernabeau. Se trataba de un pequeño, pero bien distribuido salón. En el suelo había apiladas varias colchonetas, cobijas, alimentos enlatados y dos pequeños bidones como de diez litros, llenos de agua. Más allá, varias cajas cuyo contenido era carne seca, galletas,muchos envases de frutas en conserva y un costal repleto de nueces; otro igual, con avellanas y uno más, lleno de piñones.
Caminaba por allí y, aunque estaba completamente a oscuras, veía todo a la perfección. El lugar estaba impecable, como si alguien acabara de hacer la limpieza. Encima de una caja de madera que contenía pescado seco, había una fotografía muy antigua en color sepia. La tomé en mis manos. Una pareja de recién casados posaba seriamente ante la cámara. Cuando observé bien la fotografía, no pude dejar de asombrarme. Los protagonistas eran nada menos que ¡Ana Laura y yo!
Desperté empapado en sudor. Me llevó más de dos minutos convencerme de que todo había sido solamente un sueño, -- una pesadilla -- producto de la obsesiva búsqueda realizada durante el transcurso de la tarde.
Fui hasta la cocina y encendí la luz, al igual que un cigarillo. La botella de vodka estaba a mi alcance y me serví un buen trago.
Ana Laura y yo nos estábamos obsesionando, eso era todo. Si había existido el maldito sótano, simplemente había sido clausurado. Punto. Yo no tenía por qué seguirle la corriente a mi bella acompañante. Este asunto debía terminar ¡ya!
Al día siguiente le pondría los puntos sobre las íes a Ana Laura y me dedicaría a trabajar en lo mío. En lo que me daba para comer y pagaba en parte el alquiler de aquella casa. Bernabeu y su puta madre se podían ir al mismísimo infierno.
Yo no tenía necesidad alguna de sufrir pesadillas como aquella . . .
. . . Entonces escuché claramente un ruido. Me quedé paralizado. Más que oír, podía sentir unos pasos que se acercaban hasta donde yo me encontraba.
Por un momento, dejé de respirar y mi corazón se detuvo. El vaso de vodka que tenía en la mano se soldó a mis dedos como si fuera parte de mí. Durante un estúpido instante observé el transparente líquido. Se encontraba tan tranquilo como una piscina cubierta.
¿Ahora qué? ¿El espíritu de Bernabeu? ¿Algún ánima en pena?
Cerré los ojos esperando lo peor y, al abrirlos nuevamente, di un brinco de puro susto, soltando el vaso, el cual se estrelló en cámara lenta contra el piso.
Un fantasma rubio, vestido de blanco estaba parado frente a mí.
-- ¿Me sirves uno? -- dijo Ana Laura, con la cara descompuesta y agregó -- he tenido una pesadilla horrible.
Fingiendo entereza, le serví a mi diva un poco de vodka en un vaso. Me aclaré la garganta -- la cual parecía aquella de un pollo en el matadero y, tratando de sonar muy tranquilo, interrogué:
-- ¿Pesadilla? ¿Qué pesadilla?
Al pie de la letra, Ana Laura la describió.
Sentí que me recorrían la espalda con un trozo de hielo y se me puso toda la carne de gallina.
Ana Laura había tenido exactamente el mismo sueño que yo.
-- Debe ser el cansancio -- dije, tratando de sonar confiado. Ella bebió de golpe todo su trago y dándome un beso a guisa de despedida añadió:
-- ¡Seguramente! -- y volvió a la alcoba.
Yo tuve que ingerir varios centilitros más del alcohol antes de encontrar el valor suficiente para volver a la cama . . . ¡Y al increíble mundo de los sueños!
Al día siguiente me desperté con un dolor de cabeza insoportable. Sentía como si tuviera atravesada una espada desde la frente hasta la nuca. Por mera costumbre eché un vistazo a mi reloj. Era más de la una y media de la tarde.
Sosteniéndome la cabeza con ambas manos -- sólo para evitar dolorosos movimientos involuntarios -- fui a la cocina y me tomé cuatro aspirinas.
Después busqué con la vista a Ana Laura. No estaba por ninguna parte. Me metí a la ducha y me bañé primero con agua hirviendo y fui gradualmente descendiendo la temperatura hasta que no soporté el agua helada y salí corriendo para la habitación.
Ahora, la espada había desaparecido, dando lugar a unos espantosos martillazos dentro de mi cerebro. Me vestí y no tuve fuerzas para nada, así que me recosté sobre la cama y cerré los ojos. Hubiera deseado no haber ingerido aquella cantidad de vodka la anoche anterior . . .
. . . Ahora estaba en el sótano frente a una gran puerta de metal. Trataba de abrirla, pero era inútil.
Desesperado, con todas mis fuerzas, daba puntapiés a la hoja de metal.
Nada. Entonces me invadía un pánico atroz. No podía salir del maldito refugio.
En esto estaba cuando llegaron a mis oídos unos tétricos y lejanos gritos, de alguien que me llamaba por mi nombre, una y otra vez.
Era Ana Laura. Yo no acertaba a distinguir de dónde podían provenir esos gritos, sin embargo, los escuchaba con toda claridad . . .
Cuando abrí los ojos, ya había oscurecido. De la terrible jaqueca original quedaba sólo un ligero dolorcillo en las sienes. Me levanté y, mientras encendía las luces, llamé a Ana Laura.
No respondió. Recorrí toda la casa, iluminándola por completo.
Nada. En la cocina no había siquiera platos ni vasos sucios.
Todo estaba como lo había dejado al mediodía.
Salí corriendo de la casa para comprobar si se había llevado el auto.
No. El Volkswagen se encontraba en el mismo lugar en que lo había aparcado la víspera. Afuera hacía un frío de los mil demonios, así que volví a la casa y traté de tranquilizarme. Ella debía andar por allí.
Pero . . . ¿dónde? ¿Paseaba por el bosque en plena oscuridad? ¿Acaso se había ido caminando al pueblo? No era probable, eran más de dos kilómetros de distancia.
De pronto sentí un vacío enorme en el estómago y las mejillas se me encendieron.
Como en mi sueño, me estaba poseyendo la insoportable sensación del pánico.
Muy a mi pesar, me serví una bebida. Esta vez opté por el escocés. Aún tenía fresca la infernal jaqueca de aquella mañana.
¿Qué haría ahora? ¿Ir a buscarla al pueblo?
Al ver que yo dormía demasiado, ¿había decidido ir a hacer algunas pesquisas? ¿Sin el auto? ¿Sin dejar una nota?
Vacié el vaso de escocés de un trago y de inmediato me serví otro más. Estaba tratando de controlarme . . . inútilmente.
Volví a vaciar el vaso,me puse una chamarra y salí despedido hacia el automóvil. Iría al pueblo a buscarla; seguramente estaba allí. Tenía que estar allí.
Justo antes de subirme al coche, alcancé a escuchar -- al igual que en mi sueño -- uno tétricos gritos llamándome por mi nombre.
¿Estaba alucinando?
¿De dónde venían?
Busqué la linterna en la guantera y . . . no estaba. ¡Claro! Ana Laura la había utilizado para indagar en el desván.
Los gritos se hacían más espaciados, pero ahora los escuchaba claramente, venían de la parte posterior de la casa.
Encendí las luces del coche. No alumbraban gran cosa pero eran mejor que nada.
Torpemente, remonté la pequeña cuesta hacia el lugar de donde provenían los gritos.
Ahora sabía que no se trataba de alucinación alguna. ¡Ana Laura estaba en peligro!
La noche anterior había nevado y el suelo se encontraba inoportunamente resbaloso. Yo llevaba botas de ciudad, gracias a las cuales a cada dos pasos tenía que hacer malabares para no perder el equilibrio. Esto, junto a los gritos de mi bella chica, me hizo pensar que tal vez se trataba de otra pesadilla. Pero bien pronto comprobé que no estaba soñando, pues en uno de los resbalones me fui a tierra, estrellando la cara contra una piedra.
El dolor me quemó la mejilla derecha y se trasladó a mi cerebro convertido en auténticas estrellas. No hay peor golpe que aquel que se recibe en una temperatura helada. No obstante, me levanté como pude y traté de orientarme de nuevo.
Las luces del vehículo eran ahora sólo ligeros resplandores. Me encontraba exactamente detrás de la casa y ésta impedía el paso de la luz producida por los faros del Volkswagen. Las ventanas de la cocina, que daban al sitio donde me encontraba, tenían las cortinas corridas y sólo dejaban ver un ligerísimo resplandor que se escapaba por los marcos.
En un momento determinado, lo único que pude escuchar era el aullido del viento al deslizarse entre los árboles del espeso bosque.
¿Había sido esto?
¿Sólo un truco de la naturaleza?
De pronto, a unos metros de donde me encontraba, escuché claramente la voz de Ana Laura, seguida de un terco eco, el cual repetía mi nombre varias veces.
Me dirigí casi a tientas hasta el lugar de donde venían los sonidos.
Ahora escuchaba a mi diva a unos dos o tres metros de distancia, pero la voz sonaba lúgubre y desproporcionada, como si se hubiera colocado un tubo de cartón en la boca antes de gritar.
Más o menos acostumbrados mis ojos a la semipenumbra, distinguí una silueta con un arco encima . . . ¡el pozo!
Sudaba profusamente. Llevaba la mitad de la cara adormecida por el golpe. Palpé el borde del pozo y entonces escuché claramente la voz de Ana Laura,pidiendo auxilio desde el fondo.
-- ¿Ana Laura?
-- Aquí . . . Abajo . . . -- dijo en un lastimero lamento.
-- ¿Qué ocurrió? ¿Estás bien?
-- Estoy echa una mierda y muerta de frío. ¡Sácame de aquí!
-- Bien . . . ¡Tranquilízate! Déjame ir por la linterna . . .
-- La linterna está aquí, se le acabaron las pilas.
La voz de Ana Laura sonaba cavernosa.
-- ¿Qué tan profundo está?
-- Unos tres metros. ¡Apúrate! Estoy parada sobre agua congelada y esto es una maldita nevera.
Por más esfuerzos que hacía,no alcanzaba a verla en el fondo.
-- Aguanta un poco más -- le dije mientras me quitaba la chamarra y la arrojaba adentro -- , ahí te va eso. No pierdas la calma. Voy a la casa por algo para sacarte.
-- ¡Date prisa!
Mi vista ya estaba más acostumbrada a la oscuridad y volví hacia la casa con precaución. No quería volver a resbalarme. Me dirigí primero a la puerta de la cocina que daba directamente al sitio donde me encontraba. No pude abrirla. Ahora recordaba perfectamente bien que tenía el cerrojo corrido por dentro.
Con excesiva precaución esta vez, me dirigí al sitio donde había algo de luz que provenía de los faros del coche.
Tuve mucha dificultad en llegar hasta la casa. Lo primero que hice fue correr las cortinas de las ventanas de la cocina que, aunque no iluminaban demasiado, era algo.
Después me puse desesperadamente a buscar con qué sacar a Ana Laura del lío en el que se había metido.
Aunque hubiera tenido una buena soga -- la cual no tenía -- y consiguiera atarla firmemente al arco del pozo, no habría sido fácil para las entumecidas manos de mi chica tomar la cuerda y escalar las paredes; eso sólo sucede en las películas.
Por fin llegué a una solución. Fui hasta la trampa del desván y bajé la escalera de madera que servía para ascender a él y traté de desprenderla.
Imposible.
Entonces fui a buscar el hacha que se encontraba cerca del coche y que utilizaba para cortar leña.
Después de varios hachazos -- y con los dedos de las manos adoloridos por los impactos en seco -- la escalera cedió.
No era mucho, un par de metros, pero de algo serviría.
Salí esta vez por la puerta de la cocina y cargando la escalera me dirigí con extrema precaución hasta el pozo.
-- Aquí estoy, mi amor -- dije, sintiéndome irremediablemente idiota.
-- Luego recitas. Sácame de aquí -- y después añadió, en un tono más bajo -- , ¡pendejo!
-- Voy a bajar una escalera, cuidado, no te vaya a pegar en la cabeza.
-- Es lo único que me falta. ¡Bájala ya!
Hice descender la escalera con la parte cortada a hachazos hacia abajo, pues los extremos irregulares servirían de apoyo en un piso resbaloso como aquél.
Tuve que estirarme sobre el borde del pozo y aún así no sentía que el artefacto hiciera contacto con el piso.
-- Trata de agarrarla,Ani. Pero con cuidado porque . . .
-- ¡Aayy!
-- . . . Tiene astillas en el extremo.
Sentí que ella tomaba la escalera y después de unos segundos, vi en la oscuridad cómo aparecía su cabellera por el borde del pozo.
Sin cruzar palabra alguna, la ayudé a salir y nos dirigimos rápidamente a la casa.
La llevé a la habitación, la cubrí con el edredón y le serví un buen vaso de brandy. Ana Laura tiritaba inconteniblemente y tenía los labios en un tono entre morado y azul. La obligué a beber el brandy de golpe.
Mi primera idea había sido meterla en la ducha con agua hirviendo, pero eso indudablemente la habría matado o por lo menos le habría infartado infinidad de vasos sanguíneos. Así que preferí el riesgo de una pulmonía.
Bebió el brandy con dificultad y, al terminarlo, aspiró profundamente y empezó a toser. Bien. Esto la haría entrar en calor.
Alimenté la chimenea al máximo. Fui al baño y mojé una toalla con agua muy caliente, la exprimí y regresé con Ana Laura, desnudándola por completo. Tenía toda la piel en carne de gallina y tiritaba sin parar. Le froté todo el cuerpo fuertemente con la toalla caliente. No quise meterla en la cama, pues las sábanas estarían frías. Repetí la operación de la toalla varias veces. Ella se iba recuperando, ayudada además del calor que hacía en el cuarto gracias a la chimenea.
Cuando dejó de temblar y tiritar, se relajó visiblemente.
Le serví más brandy y ella lo tomó con gusto.
Saqué una pijama de franela la cual acerque a la chimenea lo más que pude. Cuando la prenda estuvo caliente, se la puse a Ana Laura, quien ya se encontraba mucho mejor.
Al terminar su tercer vaso de brandy, había recuperado el calor por completo y sus mejillas estaban sonrosadas.
La dejé sola unos minutos y fui a la cocina a preparar café.
Cuando estuvo listo, le llevé una taza.
Lo fue tomando a sorbitos, muy caliente. Al terminarlo, era otra persona.
Aunque la curiosidad me sacaba ronchas, no quise interrogarla en ese momento sobre cómo había llegado al fondo del condenado pozo. La arropé muy bien y volví a alimentar la chimenea. Le pregunté si deseaba algo más y dijo que no.
Le di un ligero beso en los labios y salí de la habitación, cerrando la puerta tras de mí. Alcancé a escuchar un lacónico ¡gracias!
Como había pasado todo el día durmiendo, lo menos que quería era irme a la cama, así que intenté escribir un poco. Las palabras aparecían en la pantalla del procesador como si se tratara de hormigas cruzando una pared. Cientos de ellas, pero no significaban absolutamente nada.
Después de media hora de escribir, borré el texto completo y me puse a dar vueltas por la sala.
Los acontecimientos de la noche me habían puesto los nervios de punta, pero al mismo tiempo me habían sacado del sopor en el que me encontraba; además, no cabía duda que había sido una experiencia diferente a cualquiera que hubiera vivido.
Nunca antes había rescatado a una bella princesa cautiva.
Copyright © 1997 por Javier Valdés