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El angel perdido

Una novela
(Part of Atria Espanol)
By Javier Sierra

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Por alguna extraña razón me había hecho a la idea de que el día que muriese mi alma se despegaría del cuerpo e ingrávida ascendería hacia las alturas. Estaba convencida de que una vez allí, guiada por su irresistible fuerza de atracción, sería arrastrada hasta el rostro de Dios y podría mirarlo a los ojos. En ese momento lo comprendería todo. Mi lugar en el Universo. Mis orígenes. Mi destino. Y hasta por qué mi percepción de las cosas era tan... singular. Así me lo había explicado mi madre cuando le preguntaba por la muerte. E incluso el cura de mi parroquia. Ambos sabían cómo tranquilizar mi alma católica. La determinación con la que defendían todo lo que tuviera que ver con el más allá, la vida ultraterrena o las almas en pena era envidiable. Y ahora empezaba a saber por qué.

Aquella primera noche de noviembre yo, por supuesto, todavía no estaba muerta. En cambio, ésa era justo la visión que tenía frente a mí: un semblante gigantesco, sereno, unido a un cuerpo sedente de casi cinco metros de envergadura, había clavado sus ojos en los míos mientras revoloteaba a escasos palmos de sus mejillas.

—No se quede hasta muy tarde, rapaza.

Manuel Mira, responsable de la seguridad de la catedral de Santiago de Compostela, me sacó del aturdimiento gritándome desde el piso inferior. Se había pasado la tarde husmeando cómo instalaba el equipo de escalada frente al severísimo Cristo en Majestad del pórtico de la Gloria, en la fachada más occidental del templo, y ahora que su turno terminaba, debía de sentir remordimientos por dejarme allí sola, a merced de cuerdas y ganchos que él no entendía.

En realidad no tenía de qué preocuparse. Yo estaba en excelente forma física, contaba con experiencia sobrada en técnicas de montañismo y la alarma que monitorizaba esa parte de la catedral llevaba días chivándole que siempre dejaba mi andamio antes de la medianoche.

—No es bueno que trabaje en un lugar tan solitario.

El vigilante se lamentó en voz alta para que pudiera escucharle.

—Ande, Manuel. No pienso dejarme la piel aquí —repliqué con una sonrisa, sin perder de vista lo que estaba a punto de hacer.

—Usted verá, Julia. Si se cae o su arnés cede, nadie lo sabrá hasta mañana a las siete. Piénselo.

—Me arriesgaré. Esto no es el Everest. Ya lo sabe. ¡Y siempre llevo encima mi teléfono móvil!

—Lo sé, lo sé, claro que lo sé —rezongó—. Aun así, sea prudente. Buenas noches.

Manuel, que tendría veinticinco o treinta años más que yo y era padre de una muchacha de mi edad, se atusó la gorra dándome por imposible. Sabía que, mientras estuviese suspendida a la altura de un segundo piso, enfundada en mi mono de trabajo blanco, con el casco serigrafiado con el logotipo de la Fundación Barrié de la Maza, gafas de plástico, una diadema de leds alrededor del cráneo y un tubo de nylon conectado por un extremo a una PDA y por otro a una aguja de aleación clavada bajo el costado derecho del Cristo, era mejor no llevarme la contraria. El mío era un trabajo que requería pulso de cirujano y una concentración absoluta.

—Buenas noches —acepté, agradeciéndole su prudencia.

—Y tenga cuidado con las ánimas —añadió sin pizca de humor—. Hoy es noche de difuntos y siempre merodean por aquí. Les gusta este sitio.

Ni siquiera sonreí. Tenía en las manos un endoscopio de treinta mil euros diseñado en Suiza sólo para aquel trabajo. Los muertos, pese al recuerdo que acababa de tener, me quedaban algo lejos.

O quizá no.

Tras meses redactando informes sobre cómo conservar la obra maestra del románico, sabía que me encontraba a un paso de poder explicar el deterioro de uno de los conjuntos escultóricos más importantes del mundo. Un monumento que había conmovido a generaciones enteras, recordándoles que después de esta vida nos aguarda otra mejor. Qué importaba que fuera noche de difuntos. En el fondo era una coincidencia de lo más oportuna. Las imágenes que iba a analizar llevaban siglos recibiendo a los peregrinos del Camino de Santiago, la ruta religiosa más antigua y transitada de Europa, reavivando su fe y recordándoles que traspasar aquel umbral simbolizaba el final de su vida pecadora y el inicio de otra, más sublime. De ahí su nombre. Pórtico de la Gloria. Sus más de doscientas figuras eran, pues, auténticos inmortales. Un ejército ajeno al tiempo y a los miedos de los humanos. Y, sin embargo, desde el año 2000, una extraña enfermedad los estaba desvitalizando. Isaías y Daniel, por ejemplo, se exfoliaban, a la vez que algunos de los músicos que tañían sus instrumentos poco más arriba amenazaban con desplomarse si no se lo impedíamos. Ángeles trompetistas, personajes del Génesis, pecadores y ajusticiados mostraban también signos preocupantes de ennegrecimiento. Por no hablar de la imparable decoloración de todo el conjunto.

Desde la época de las cruzadas ningún ser humano había examinado aquellas figuras tan de cerca ni tan a fondo como yo. La Fundación Barrié creía que estaban siendo atacadas por la humedad o por bacterias, pero yo no estaba tan segura. Por eso hacía horas extras cuando no había turistas mirándome ni peregrinos cuestionando que hubiéramos ocultado la obra maestra del Camino tras unos andamios casi opacos. Ni, claro, otros técnicos que pudieran cuestionar mis ideas.

Aunque yo tenía una razón más.

Una, a mi juicio, tan poderosa que no me había granjeado más que problemas.

Yo era la única del equipo que había crecido cerca de allí, en un pueblo de la costa da Morte, y sabía —o para ser más precisa, intuía— que existían motivos menos mundanos que líquenes o ácidos para que la piedra se estuviese echando a perder. A diferencia de mis colegas, no dejaba que mi formación científica me impidiera considerar alternativas menos convencionales. Cada vez que me ponía seria con ellos y recurría a conceptos como telurismo, fuerzas de la tierra o radiaciones, se me echaban encima y se reían de mí. «No hay estudios críticos sobre eso», rezongaban. Por suerte, no estaba sola en mi empeño. El deán de la catedral me apoyaba. Era un anciano cascarrabias al que, a diferencia de los demás, yo adoraba. Todos lo llamaban padre Fornés. Yo prefería quedarme con su nombre de pila, Benigno. Supongo que me divertía lo mucho que contrastaba aquel nombre con su carácter. Fue él, de hecho, quien siempre me defendió ante la Fundación y quien me animó a seguir.

«Tarde o temprano —decía—, los sacarás de su error.»

«Algún día», pensaba yo.

A eso de la una menos veinte, cuando llevaba ya un buen rato introduciendo el endoscopio en cada una de las nueve grietas cartografiadas por nuestro equipo, la PDA emitió tres pitidos agudos anunciando que ya estaba transmitiendo los primeros datos al ordenador que había instalado frente al pórtico. Suspiré aliviada. Si todo se desarrollaba como estaba previsto, al día siguiente la Universidad de Santiago procesaría mis datos en el Departamento de Mineralogía de la Facultad de Ciencias Geológicas y en cuestión de treinta y seis horas podríamos discutir los primeros resultados.

Cansada pero expectante, me descolgué de mis correas para cerciorarme de que el envío de las lecturas del endoscopio se había realizado según lo previsto. No podía permitirme ningún error. El disco duro de cinco terabytes ronroneaba como un gato satisfecho llenando el recinto de un soniquete que me puso de buen humor. En su interior, en efecto, estaban terminando de acomodarse los perfiles microtopográficos de cada grieta, los análisis del espectrógrafo y hasta el archivo de vídeo que documentaba cada una de mis incursiones en la piedra. A simple vista todo parecía correcto, así que, con calma, y con la satisfacción del trabajo bien hecho, comencé a quitarme el equipo de protección y a recogerlo todo. Necesitaba darme una buena ducha, cenar algo caliente, hidratarme la piel y leer algo que me distrajera.

Lo merecía.

Pero el Destino juega siempre con ventaja, y justo esa noche me había preparado algo que no esperaba. Algo... tremendo.

Fue al desconectar las potentes luces de mi corona y quitarme el casco cuando un movimiento inusual al fondo del templo me sobresaltó. Tuve la impresión de que, de repente, la atmósfera se había cargado de electricidad estática. La nave entera —con sus noventa y seis metros de largo y sus ciento dieciocho balcones ajimezados— pareció conmoverse por una «presencia». Mi cerebro trató de racionalizar aquello. En el fondo, sólo había creído ver un destello rápido. Una chispa fugaz. Silenciosa. Un brillo que emergió casi a ras del suelo, de apariencia inofensiva, y que pareció enfilar hacia el crucero, a unos diez o doce metros de donde me encontraba.

«No estoy sola» fue mi primer pensamiento. Noté cómo el pulso se me aceleró.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

Sólo el eco recogió mis palabras.

—¿Me oyen? ¿Hay alguien? ¡Hola...! ¡Hola!

Silencio.

Traté de conservar la calma. Conocía aquel lugar como la palma de la mano. Sabía hacia dónde correr en caso de necesidad. Además, disponía de un teléfono móvil y de las llaves de una de las puertas que daban a la plaza del Obradoiro. Era imposible que me pasara nada. Me dije entonces que quizá había sido víctima del contraste entre la zona iluminada del laboratorio, en el lado oeste, y la penumbra que envolvía el resto de la catedral. A veces los cambios de luz provocaban esa clase de malentendidos. Pero tampoco terminaba de convencerme. Aquello no había sido un reflejo en el sentido estricto del término. Ni un insecto. Ni tampoco el ascua de un cirio estrellándose contra la piedra.

—¡Hola...! ¡Hola...!

El silencio siguió siendo mi única respuesta.

Al escrutar la nave me sentí como si estuviera asomándome a las fauces de una ballena colosal. Las luces de emergencia apenas servían para marcar los accesos a algunas capillas y no daban una idea de las dimensiones del monstruo. Sin iluminación eléctrica era difícil intuir dónde estaba el retablo central. Incluso el acceso a la cripta. Y los dorados del altar mayor o el rico busto de madera polícroma del apóstol Santiago parecían haberse esfumado en la oscuridad.

«¿Llamo al 112? —pensé mientras mi mano temblaba buscando el móvil en mi bolso—. ¿Y si es una estupidez?»

«¿Y si es un alma en pena?»

Deseché aquella última idea por absurda. Mi mente luchaba por no conceder al miedo ni un milímetro de ventaja. Y, sin embargo, mi corazón latía ya acelerado.

Queriendo conjurar aquel cosquilleo, tomé mi anorak, el bolso y la corona de leds y me interné hacia donde había creído ver la luz. «Los fantasmas desaparecen en cuanto te enfrentas a ellos», me recordé. Y, temblando de miedo, enfilé la nave lateral derecha del templo en dirección al transepto, rezando para que allí no hubiera nadie. Para cuando lo alcancé, Dios te salve, María, giré con determinación hacia la puerta de Platerías, que a esa hora, claro, estaba ya cerrada.

Entonces lo vi.

De hecho, casi me di de bruces con él.

Y, aun teniéndolo tan cerca, dudé.

«¡Dios mío!»

Era un tipo sin rostro, oculto tras una túnica negra, como de monje, que parecía hurgar en algo que acababa de depositar bajo el único monumento moderno de toda la catedral: una escultura de Jesús León Vázquez que representaba el campus stellae o camino de las estrellas. Gracias a Dios, su actitud era huraña, no agresiva, como si acabara de caerse dentro del templo y todavía no supiera muy bien dónde estaba.

Sé que debí salir corriendo de allí y avisar a la policía, pero el instinto, o quizá que nuestras miradas se cruzaron en el último segundo, me empujó a hablarle.

—¿Qué hace usted aquí?

La pregunta me salió del alma.

—¿No me ha oído? ¿Quién le ha dado permiso para estar en la catedral?

El ladrón —pues, en definitiva, eso era lo que parecía— dejó lo que estaba haciendo sin alterarse por mi apremio. Oí cómo cerraba la cremallera de una bolsa de nylon al tiempo que se giraba hacia mí como si no le preocupara en absoluto que alguien lo hubiera descubierto. Es más: viéndolo ahora, casi estaba tentada de creer que se había agazapado allí para esperarme. Por desgracia, la escasa luz no me ayudó a identificarlo. Intuí que vestía unas mallas oscuras debajo del hábito y que era un tipo fuerte. Entonces dijo algo en un idioma que no reconocí y, a continuación, dio un paso al frente murmurando una pregunta que me desconcertó:

—¿Ul-á Librez?

—¿Cómo?

El «monje» titubeó, tal vez meditando cómo precisar su pregunta.

—¿Ul-ia Alibrez?

Ante mi cara de perplejidad, reformuló una vez más sus palabras, haciéndolas tan comprensibles como desconcertantes.

—¿Jul-ia Álvarez? ¿Es... us-ted?

© 2011 por Picatrix S.L.

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