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El mapa del tiempo

una novela
(Part of Atria Espanol)
By Felix J. Palma

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I

A ANDREW HARRINGTON LE HUBIESE GUSTADO PODER morir más de una vez para no tener que escoger una única pistola entre las muchas que su padre atesoraba en las vitrinas del salón. Las decisiones nunca habían sido su fuerte. De hecho, mirada al trasluz, su existencia se revelaba como un cúmulo de elecciones erróneas, la última de las cuales amenazaba con proyectar su larga sombra sobre el futuro. Pero aquella vida de desatinos tan poco ejemplarizante estaba a punto de concluir. Esta vez creía haber elegido correctamente, pues había elegido dejar de elegir. Ya no habría más errores en el futuro porque ni siquiera habría futuro. Iba a desmantelarlo sin contemplaciones, apoyándose en la sien derecha una de aquellas armas. No parecía haber otra salida: aniquilar el futuro era el único modo a su alcance de exterminar el pasado.

Estudió el contenido de la vitrina, el mortífero menaje que su padre había ido adquiriendo con mimo desde que regresó del frente. Su progenitor adoraba aquellas armas, pero Andrew sospechaba que no las coleccionaba movido por la nostalgia, sino por la fascinación que le producía contemplar las distintas alternativas que el hombre iba concibiendo a lo largo de los años para arrebatarse la vida de manera no oficial. Con un desinterés que contrastaba con la devoción de su padre, sus ojos recorrieron aquellos enseres de apariencia dócil, casi doméstica, que traían el trueno a la mano y que habían eximido a las guerras de la desagradable intimidad del cuerpo a cuerpo. Andrew intentó calcular qué clase de muerte se escondía, como una alimaña al acecho, dentro de cada una de ellas. ¿Cuál le hubiese recomendado su padre para abrirse la cabeza? Imaginó que las pistolas de chispa, esas antiguallas que debían cargarse por el hocico, introduciendo la pólvora, la munición y un taco de papel a modo de tapón cada vez que uno quería efectuar un disparo, le proporcionarían una muerte noble, pero también parsimoniosa, terca. Era preferible la muerte impetuosa que le ofrecían los modernos revólveres, acurrucados en sus lujosos estuches de madera forrados de terciopelo. Consideró un Colt Single Action de aspecto manejable y eficaz, pero lo desechó al recordar que ese era el revólver que había visto enarbolar a Buffalo Bill en su circo del Salvaje Oeste, aquel espectáculo patético con el que simulaba sus correrías transoceánicas valiéndose de algunos indios importados y una docena de búfalos apáticos que parecían alimentados con opio. No quería enfrentar su muerte como una aventura. También rechazó un hermoso Smith & Wesson, el arma que había dado muerte a Jesse James, por no estimarse a la altura del bandido, así como un revólver Webley, concebido especialmente para frenar a los robustos indígenas en las guerras coloniales, y que se le antojaba excesivamente pesado. Examinó entonces un gracioso Pepperbox de tambor rotatorio, que era el preferido de su padre, pero albergaba serias dudas de que aquella arma ridícula y afectada pudiera expulsar una bala con la suficiente convicción. Finalmente se decidió por un elegante Colt de cachas de madreperla fabricado en 1870, que le arrebataría la vida con la delicadeza de una caricia de mujer.

Lo tomó de la vitrina con una sonrisa insolente, recordando todas las veces que su padre le había prohibido tocar las pistolas. Pero ahora el ilustre William Harrington se encontraba en Italia, probablemente intimidando a la Fontana de Trevi con su mirada valorativa. También había sido una agradable casualidad que sus padres hubiesen decidido emprender su viaje por Europa en la misma fecha que él había estipulado para su suicidio. Dudaba de que alguno de los dos alcanzara a descifrar el verdadero mensaje encriptado en su gesto —que había preferido morir solo, como había vivido—, pero le bastaba con la mueca de disgusto que sin duda compondría su padre al descubrir que se había matado a sus espaldas, sin su autorización.

Abrió el armarito donde se guardaba la munición e introdujo seis balas en el tambor del revólver. Suponía que no iba a necesitar más que una, pero nunca se sabía lo que podía pasar. Después de todo, era la primera vez que se suicidaba. Luego se la guardó en un bolsillo de la levita envuelta en un paño, como si fuera la fruta que pensaba comer durante algún paseo, y continuando con su repertorio de desafíos dejó la vitrina abierta. Si hubiese demostrado ese coraje antes, pensó, si se hubiese atrevido a enfrentarse a su padre en el momento oportuno, ella todavía estaría viva. Pero para cuando lo hizo ya era demasiado tarde. Y llevaba ocho largos años pagando aquel retraso. Ocho largos años en los que el dolor no había hecho más que crecer, propagándose por su interior como una hiedra maldita, envolviéndole los órganos con su húmedo tacto, pudriéndole el alma. Pese a los esfuerzos de su primo Charles, pese a la distracción de otros cuerpos, el dolor por la muerte de Marie se resistía a ser enterrado. Pero esta noche acabaría todo. Veintiséis años eran una bonita edad para morir, pensó, y se palpó con satisfacción el bulto del bolsillo. Ya tenía el arma. Ahora solo necesitaba un lugar apropiado para llevar a cabo la ceremonia. Y únicamente existía un lugar donde poder hacerlo.

Con el peso del revólver en el bolsillo, confortándolo como un talismán, bajó las majestuosas escaleras de la mansión Harrington, situada en la lujosa Kensington Gore, muy cerca de la entrada oeste de Hyde Park. Aunque no pensaba dedicarle ninguna mirada de despedida a las paredes que habían sido su hogar durante casi tres décadas, no pudo evitar que un impulso malsano le hiciera detenerse ante el retrato que presidía el vestíbulo. Desde el marco dorado, su padre lo miró con desaprobación. Altivo y majestuoso, a duras penas envainado en su viejo uniforme de infantería, con el que de joven había combatido en la guerra de Crimea hasta que una bayoneta rusa le había desgarrado un muslo, legándole una cojera que imponía a su caminar un balanceo perturbador, William Harrington arrojaba sobre el mundo una mirada de burlona censura, como si para él el universo fuese una obra malograda que había dado por perdida hacía tiempo. ¿Quién había mandado cubrir con aquel velo de inoportuna niebla la batalla que se desarrolló ante la asediada Sebastopol, de manera que nadie pudiera ver la punta de su bayoneta? ¿Quién había decidido que una mujer era la persona más adecuada para pastorear el destino de Inglaterra? ¿Era realmente el Este el mejor sitio por donde podía salir el sol? Andrew no había llegado a conocer a su padre sin aquella agreste hostilidad supurándole de los ojos, por lo que no sabía si había nacido con ella o se la habían contagiado en Crimea los fieros otomanos, pero lo cierto era que no había desaparecido de su rostro como una viruela pasajera pese a que el destino que se abrió ante sus botas de soldado sin futuro al volver del frente sólo podía calificarse de benévolo. ¿Qué importaba que hubiese tenido que recorrerlo con bastón si le había conducido hasta donde lo había hecho? Porque, sin necesidad de pactar con ningún demonio, el hombre de bigote espeso y rasgos pulcramente ordenados que mostraba el lienzo se había convertido en uno de los caballeros más ricos de Londres de la noche a la mañana. Nada de todo lo que tenía ahora se había atrevido siquiera a soñarlo cuando deambulaba con la bayoneta en ristre en aquella guerra remota. Pero cómo lo había conseguido era uno de los secretos mejor guardados de la familia; y, por lo tanto, un absoluto misterio para Andrew.

Y ahora se avecina el aburrido momento en el que el joven debe decidir qué sombrero y qué abrigo escoger de todos los que atestan el armario del vestíbulo, porque incluso para la muerte hay que estar presentable. Se trata de una escena que, conociendo a Andrew, puede durar varios exasperantes minutos, y que veo innecesario detallar, así que voy a aprovechar la oportunidad para darles la bienvenida a esta historia que acaba de empezar, y que, tras una larga reflexión, he decidido comenzar por este momento y no por otro; como si también yo hubiese tenido que escoger un principio entre los muchos que se aprietan en el armario de las posibilidades. Probablemente, cuando acabe de relatarles esta historia, si siguen aquí para entonces, algunos de ustedes pensarán que he errado a la hora de escoger el hilo del cual empezar a tirar de la madeja, que hubiese sido más acertado respetar el orden cronológico y comenzar por la historia de la señorita Haggerty. Tal vez, pero hay historias que no pueden empezar por su principio, y posiblemente esta sea una de ellas.

Así que olvidémonos por el momento de la señorita Haggerty, olviden incluso que la he mencionado, y continuemos con Andrew quien, adecuadamente pertrechado ya de abrigo y sombrero, e incluso de unos gruesos guantes para escamotear sus manos a los rigores del invierno, acaba de salir de la mansión. Una vez fuera, el muchacho se detuvo al comienzo de la escalinata que conducía a los jardines, que se derramaba a sus pies como un oleaje de mármol. Desde allí, estudió el mundo donde se había criado, repentinamente consciente de que, si todo salía bien, ya no volvería a verlo. Sobre la mansión Harrington descendía ahora la noche con la morosa suavidad con la que cae un velo. Una luna llena, de un blanco deslucido, presidía el cielo, volcando su lechoso fulgor sobre los acicalados jardincitos que rodeaban la casa, la mayoría de ellos entorpecidos con parterres, setos y sobre todo fuentes, unos enormes surtidores de piedra adornados con pomposas esculturas de sirenas, faunos y demás parientes imposibles. Los había por docenas, porque su padre, al carecer de un espíritu refinado, no tenía otro modo de mostrar su poderío que el amontonamiento de cosas lujosas e inservibles. Aunque en el caso de las fuentes aquella desaforada acumulación era disculpable, pues se aliaban para arrullar la noche con una suerte de nana líquida que invitaba a cerrar los ojos y olvidarse de todo cuanto no fuera aquel borboteo embriagador. Más allá, tras una vasta extensión de césped perfectamente rasurado, se alzaba, grácil como un cisne remontando el vuelo, el gigantesco invernadero donde su madre se recluía la mayor parte del día, dejándose hipnotizar por las flores de ensueño que brotaban de las semillas traídas de las colonias.

Andrew observó la luna durante unos minutos, preguntándose si algún día el hombre podría llegar hasta allí, como habían escrito Julio Verne o Cyrano de Bergerac. ¿Qué encontraría si lograba arribar a su nacarada superficie, ya fuese con un dirigible, un proyectil escupido por un cañón o atándose al cuerpo una docena de frascos llenos de rocío, con el propósito de que al evaporarse lo elevaran a los cielos, como había hecho el protagonista de la obra del espadachín gascón? El poeta Ariosto había convertido el satélite en un almacén de ampollas donde se conservaba el juicio de quienes lo habían perdido, pero a Andrew le seducía más la propuesta de Plutarco, que lo imaginaba como el lugar al que emigraban las almas nobles una vez abandonaban el mundo de los vivos. Al igual que él, Andrew prefería pensar que era allí arriba donde los muertos tenían sus casas. Le gustaba imaginarlos viviendo en armonía, en palacios de marfil construidos por un ejército de ángeles obreros, o en cuevas excavadas en aquella roca blanca, esperando que los vivos obtuviesen el salvoconducto de la muerte y llegasen hasta allí para reanudar sus vidas con ellos en el punto exacto donde las habían dejado. A veces pensaba que en una de aquellas grutas vivía ahora Marie, olvidada de cuanto le había ocurrido y contenta de que la muerte le hubiese ofrecido una existencia mejor que la vida. Marie, bella entre el blancor, aguardando pacientemente a que él decidiera de una maldita vez descerrajarse un tiro en la cabeza y viniera a ocupar el lado vacío de su cama.

Dejó de contemplar la luna al reparar en que Harold, el cochero, le esperaba ya al pie de la escalinata, con uno de los carruajes dispuesto, como él mismo le había ordenado. Al verlo descender los peldaños, el cochero se apresuró a abrir la puerta del coche. La energía de la que hacía gala el viejo Harold siempre divertía a Andrew, por considerarla impropia de un hombre que debía de rondar los sesenta años, pero era evidente que el cochero se mantenía en forma.

—A Miller’s Court —ordenó el joven.

Harold se sorprendió al recibir la orden.

—Pero, señor, allí fue donde...

—¿Algún problema, Harold? —le interrumpió Andrew.

El cochero lo contempló con la boca ridículamente entreabierta durante unos segundos, antes de añadir:

—Ninguno, señor.

Andrew asintió, dando por concluida la conversación. Subió al carruaje y se acomodó en su asiento de terciopelo rojo. Al tropezar con su rostro reflejado en el cristal de la puerta, dejó escapar un suspiro melancólico. ¿Aquel semblante macilento era el suyo? Parecía el rostro de alguien a quien se le ha ido derramando la vida sin darse cuenta, como si fuese lana escapando por el descosido de una almohada, lo que de algún modo era cierto. Seguía conservando el rostro proporcionado y hermoso con el que había tenido el privilegio de nacer, pero ahora se le antojaba un cascarón vacío, algo vago esculpido en un montón de ceniza. Al parecer, el sufrimiento que encapotaba su alma había producido también estragos en el exterior, pues apenas lograba reconocerse en aquel muchacho avejentado, de pómulos hundidos, mirada abatida y barba descuidada que le mostraba el cristal. El dolor había interrumpido su floración, convirtiéndolo en una criatura mustia, sombría. Por fortuna, el balanceo que produjo el carruaje cuando Harold, tras sobreponerse a su estupor, se encaramó al pescante, hizo que Andrew se desentendiera de aquel rostro que parecía dibujado con acuarela sobre el lienzo de la noche. El último acto de la desastrosa función de su vida estaba a punto de comenzar y debía estar atento para no perderse ningún detalle. Oyó restallar el látigo sobre su cabeza y, acariciando el bulto frío que habitaba ahora su bolsillo, se dejó acunar por el suave traqueteo del coche.

El carruaje abandonó la mansión y enfiló Knightsbridge, bordeando el exuberante Hyde Park. En poco menos de media hora estarían en el East End, calculó Andrew, contemplando la metrópoli a través de la ventanilla. Aquel recorrido lo fascinaba y confundía a partes iguales, pues le mostraba de una sola vez todos los rostros de su amada Londres, la urbe más grande del mundo, cabeza visible de un hambriento Kraken cuyos tentáculos abarcaban casi un quinto de la superficie terrestre del planeta, asfixiando en su abrazo a Canadá, la India, Australia y gran parte de África. A medida que el carruaje se adentraba hacia el oeste, la sana y casi selvática atmósfera de Kensington dejó paso al multitudinario escenario urbano que se extendía hasta Piccadilly Circus, aquella glorieta apuñalada en pleno corazón por la estatua del dios Ante-ros, el vengador del amor no correspondido; luego, una vez recorrida Fleet Street, empezaron a vislumbrarse las casitas de clase media que parecían asediar la catedral de St. Paul’s, hasta que finalmente, una vez rebasado el Banco de Inglaterra y Cornhill Street, sobre el mundo se derramó la pobreza, una pobreza que sus vecinos del West End solo conocían a través de las tiras satíricas de la revista Punch, y que incluso parecía contagiarse al propio aire, convirtiéndolo en una sustancia desagradable de respirar debido al hediondo olor proveniente del Támesis.

Andrew no había vuelto a recorrer ese camino desde hacía ocho años, pero había vivido todo ese tiempo con la certeza de que tarde o temprano volvería a hacerlo, y sería por última vez. No es de extrañar, por tanto, que a medida que se aproximaba a Aldgate, el puerto de acceso a Whitechapel, empezara a invadirlo una ligera desazón. Al internarse en el barrio, se asomó con cautela a la ventanilla, sintiendo el mismo pudor que había experimentado en el pasado. Nunca había podido evitar que lo asaltara una incómoda vergüenza al saberse curioseando en un mundo ajeno al suyo con el frío interés de quien estudia a los insectos, por mucho que con el tiempo su repulsa se hubiese transformado en una inevitable piedad por las almas que habitaban aquel vertedero donde la ciudad arrojaba sus desperdicios humanos. Y, según comprobó, se trataba de una piedad que aún podía permitirse sentir, ya que el distrito más pobre de Londres no parecía haber cambiado demasiado en los últimos ocho años. La miseria siempre va a rebufo de la riqueza, pensó Andrew mientras atravesaba aquellas calles lúgubres y bulliciosas, atestadas de tenderetes y carros, por las que hormigueaba una multitud de criaturas lastimosas que desliaban sus vidas bajo la siniestra sombra de Christ Church. Al principio le había sorprendido descubrir que tras los oropeles de un Londres resplandeciente pudiera ocultarse aquella embajada del infierno, donde con la bendición de la Reina la raza se degradaba hasta la monstruosidad, pero los años transcurridos habían barrido su ingenuidad. Ahora ya no le sorprendía constatar que, mientras el perfil de Londres cambiaba con los avances de la ciencia, mientras los ciudadanos de los barrios pudientes se divertían grabando los ladridos de su perro en el cilindro de cartón parafinado de sus fonógrafos, y hablaban por teléfonos iluminados por las lámparas eléctricas Robertson mientras sus esposas traían sus hijos al mundo entre las nieblas del cloroformo, Whitechapel se mostrara ajeno a todo aquello, impermeable con su coraza de podredumbre, ahogado en su propia miseria. Y un vistazo a su alrededor le bastó para corroborar que internarse en él seguía siendo como introducir la mano en un avispero. Allí la pobreza mostraba su cara más abyecta. Allí siempre sonaba la misma melodía doliente y tenebrosa. Contempló varios altercados en las tabernas, oyó gritos provenientes de lo más profundo de los callejones, distinguió algunos borrachos tirados en el suelo, a los que las pandillas de niños aligeraban de sus zapatos, y cruzó la mirada con los hombres de aspecto pendenciero que había apostados en las esquinas, reyezuelos de aquel imperio paralelo de vicio y delincuencia.

Atraídas por el lujo de su carruaje, algunas prostitutas le gritaron sus lascivas ofertas, arremangándose las faldas y ahuecándose el escote. Andrew sintió cómo se le encogía el corazón al contemplar aquel triste espectáculo de barraca. Eran en su mayoría mujeres sucias y desvencijadas, cuyos cuerpos reflejaban el tráfago de clientes que padecían diariamente. Ni siquiera las más jóvenes y bellas podían librarse de aquella tiña de desolación que el barrio les imponía. Nuevamente se mortificó pensando que él había podido salvar a una de aquellas condenadas, ofrecerle un destino mejor que el que le había otorgado el Creador, pero no lo había hecho. Su tristeza se incrementó cuando el coche pasó junto al Ten Bells, y se internó luego, entonando una melodía de crujidos, por Crispin Street hacia Dorset Street, pasando por delante del pub Britannia, donde había hablado por primera vez con Marie. Aquella calle era el final del trayecto. Harold detuvo el carruaje frente al arco de piedra que servía de entrada a los apartamentos de Miller’s Court y bajó del pescante para abrirle la puerta. Andrew salió del coche sumido en una sensación de vértigo, y miró a su alrededor sintiendo cómo le temblaban las piernas. Todo estaba tal cual lo recordaba, incluida la tienda de cristales mugrientos que McCarthy, el dueño de los apartamentos, tenía junto a la entrada del patio. No logró identificar un solo detalle que le revelara que el tiempo también pasaba en Whitechapel, que no evitaba aquel distrito como hacían los prohombres y obispos que visitaban la ciudad.

—Puedes regresar, Harold —ordenó al cochero, que permanecía a su lado en silencio.

—¿Cuándo vuelvo a recogerle, señor? —preguntó el anciano.

Andrew lo miró sin saber qué responder. ¿Recogerlo? Tuvo ganas de soltar una carcajada tétrica. El único coche que vendría a llevárselo sería el de la morgue de Golden Lane, el mismo que ocho años antes había recogido de aquel mismo lugar lo que quedaba de su amada Marie.

—Olvídate de que me has traído aquí —respondió.

La expresión grave que ensombreció el rostro del cochero enterneció a Andrew. ¿Sospechaba Harold lo que había venido a hacer allí? No podía asegurarlo, pues nunca se había tomado la molestia de calibrar la inteligencia del cochero ni de ningún otro criado, concediéndoles como mucho esa astucia elemental de quienes desde pequeños tenían que nadar contra la corriente en la que ellos navegaban tan plácidamente. Ahora, sin embargo, le pareció vislumbrar en la actitud del viejo Harold una inquietud que solo podía haber sido provocada por alguna deducción asombrosamente atinada sobre sus propósitos. Pero la constatación de la capacidad de análisis de Harold no fue el único descubrimiento que Andrew hizo durante aquellos breves segundos en los que sus miradas permanecieron inusualmente entrelazadas. Andrew también fue consciente de algo que jamás habría sospechado: del cariño que un sirviente podía sentir por su amo. A pesar de que él era incapaz de verlos como otra cosa que sombras que iban y venían por las habitaciones siguiendo misteriosos designios, en los que solo reparaba cuando necesitaba dejar la copa en una bandeja o que alguien encendiera la chimenea, aquellos fantasmas podían preocuparse por el destino de sus señores, y de hecho lo hacían. Para Andrew todas aquellas gentes sin rostro —las camareras que eran despedidas por su madre por cualquier insignificancia, las cocineras que eran preñadas sistemáticamente por los mozos de las caballerizas como obedeciendo algún rito ancestral, los mayordomos que partían con primorosas cartas de recomendación hacia otras mansiones idénticas a la suya— formaban parte de un paisaje cambiante en el que nunca se había molestado en reparar.

—De acuerdo, señor —musitó Harold.

Y Andrew comprendió que con aquellas palabras el cochero estaba despidiéndose de él para siempre, que ese era el único modo que aquel anciano tenía de decirle adiós, ya que abrazarlo constituía un riesgo que no parecía estar dispuesto a asumir. Y con el corazón estremecido, Andrew contempló a aquel hombre corpulento y decidido que casi le triplicaba la edad, al que tendría que ceder el papel de amo de naufragar ambos en una isla desierta, subir al coche, jalear a los caballos y desaparecer en la niebla que empezaba a extenderse sobre las calles de Londres como una espuma sucia, dejando un rumor de cascos que fue disolviéndose en la distancia. Le resultó curioso que hubiese sido el cochero la única persona de la que se había despedido antes de suicidarse, y no sus padres o su primo Charles, pero la vida tenía esos caprichos.

Eso mismo pensaba Harold Barker mientras azuzaba a los caballos por Dorset Street, buscando la salida de aquel barrio maldito donde la vida no valía más de tres peniques. Él podía haber sido uno más entre la horda de infelices que sobrevivían en aquel pedazo gangrenado de Londres de no ser por el empeño que su padre había puesto en sacarlo de la miseria y emplearlo de cochero desde el momento en el que pudo subir a un pescante. Sí, aquel viejo borracho y hosco había sido quien lo había precipitado al carrusel de puestos que había desembocado en las cocheras del ilustre William Harrington, a cuyo servicio se le había ido media vida. Pero habían sido años tranquilos, debía reconocer, y de hecho reconocía cuando hacía balance de su vida al borde de la madrugada, con los amos ya durmiendo y él libre de tareas, años tranquilos en los que había tomado esposa y traído al mundo dos niños sanos y fuertes, uno de los cuales había sido empleado como jardinero por el propio señor Harrington. La suerte de haber podido fabricarse un destino distinto al que creía corresponderle le permitía ahora observar a aquellas almas desventuradas con cierta distancia y compasión. Harold había tenido que acudir a Whitechapel con más frecuencia de la deseada para transportar a su amo durante aquel espantoso otoño de hacía ocho años, en que hasta el cielo parecía sangrar a veces. Lo que había ocurrido en aquella madeja de calles olvidadas de la mano de Dios él lo había leído en los periódicos, pero sobre todo lo había visto reflejado en los ojos de su señor. Ahora sabía que el joven Harrington nunca había logrado superarlo, que aquellas alocadas expediciones a tabernas y prostíbulos a las que su primo Charles les había arrastrado a ambos, aunque él tuviese que quedarse en el carruaje mientras se le helaban los huesos, no habían servido de nada, no habían logrado espantar el terror de sus ojos. Y esa noche parecía dispuesto a postrar armas, a rendirse ante un enemigo que se había revelado invencible. ¿Acaso no parecía un arma el bulto de su bolsillo? Pero, ¿qué podía hacer él? ¿Debía volverse e intentar impedirlo? ¿Debe alterar un criado el destino de su amo? Sacudió la cabeza. Tal vez estaba exagerando, pensó, y el joven solo quisiera pasar la noche en aquel cuarto lleno de fantasmas, seguro con un arma en el bolsillo.

Dejó sus angustiosas cavilaciones cuando contempló un carruaje familiar brotando de la niebla y aproximándose en dirección contraria. Se trataba del coche de la familia Winslow, y si su vista no lo engañaba, la figura que distinguió arrebujada en el pescante debía de ser Edward Rush, uno de los cocheros, quien a su vez también pareció reconocerlo a él, a juzgar por el modo en que aminoró la marcha. Harold saludó a su colega con una silenciosa inclinación de cabeza, antes de dirigir sus ojos hacia el ocupante del coche. Durante un instante, él y el joven Charles Winslow se miraron con gravedad. No se dijeron nada, no era necesario.

—Más rápido, Edward —ordenó Charles Winslow a su cochero, dando dos golpecitos de pájaro carpintero en el techo del coche con la empuñadura de su bastón.

Y Harold observó con alivio cómo el carruaje volvía a perderse en la niebla, en dirección a los apartamentos de Miller’s Court. Ya no era necesaria su intervención. Solo esperaba que el joven Winslow llegase a tiempo. Le hubiese gustado quedarse a ver cómo terminaba aquello, pero tenía una orden que cumplir, aunque se le antojase dada por un muerto, así que jaleó los caballos de nuevo y buscó la salida de aquel barrio maldito donde la vida, y siento repetirme pero fue lo que pensó Harold nuevamente, no valía más de tres peniques. Hay que reconocer que es una frase que resume muy acertadamente la idiosincrasia del barrio, y quizás no podamos esperar una apreciación más compleja de un cochero. Pero el cochero Barker, pese a tener una vida digna de ser contada, como lo son todas las vidas, por poco que uno mire con atención, no es un personaje relevante para esta historia. Quizás otros decidan relatarla, y probablemente encuentren material abundante para otorgarle la emoción que requiere toda narración —pienso en el momento en que conoció a Rebecca, su esposa, o en aquel episodio decididamente delirante del hurón y el rastrillo—, pero no es nuestro objetivo en este momento.

Dejemos por tanto a Harold, del que ni siquiera me atrevo a decir si volverá a aparecer en algún recodo de esta historia, porque muchos son los personajes que por ella transitarán y uno no pude quedarse con todas las caras, y volvamos con Andrew, que en este momento cruza el arco de entrada a los apartamentos Miller’s Court y se interna por el embarrado caminito de piedra, intentando localizar el cuartito número trece mientras escarba en el bolsillo de su levita en busca de la llave. Cuando tras unos segundos dando vueltas en la oscuridad encontró la habitación, se detuvo ante su puerta con lo que a cualquiera que pudiese espiarlo desde las ventanas próximas se le antojaría una absurda reverencia. Pero para Andrew aquel cuarto era mucho más que una madriguera miserable en las que se ocultaban quienes no tenían donde caerse muertos. No había vuelto a allí desde la fatídica noche, aunque lo había preservado intacto con su dinero, manteniéndolo tal y como se hallaba en su mente. Cada mes de los últimos ocho años había mandado a uno de sus criados a pagar el alquiler del cuartito, para que nadie pudiese habitarlo, porque si alguna vez decidía volver no quería encontrar otras huellas que no fuesen las de Marie. Los peniques del alquiler representaban una minucia para él, y el señor McCarthy se había mostrado encantado de que un caballero adinerado, y evidentemente pervertido, tuviese el capricho de alquilar indefinidamente aquel agujero porque después de lo que había sucedido entre sus cuatro paredes dudaba mucho que alguien tuviera estómago para atreverse a dormir allí. Andrew comprendía ahora que en el fondo siempre había sabido que volvería, que la ceremonia que iba a llevar a cabo no podría realizarla en ningún otro sitio.

Abrió la puerta y paseó una mirada melancólica por la habitación. Era un cuartito diminuto, apenas más sofisticado que un muladar, de muros desconchados, provisto de una calderilla de muebles tristes entre los que se contaban una cama desvencijada, un espejo ennegrecido, un modesto arcón de madera, una chimenea de paredes tiñosas y un par de sillas que parecían capaces de desarmarse si alguna mosca se posaba sobre ellas. Nuevamente le sorprendió que allí pudiese tener lugar una vida. Pero, ¿acaso no había sido él más feliz allí que entre las lujosas paredes de la mansión Harrington? Si, como había leído en alguna parte, el paraíso estaba ubicado en un sitio diferente para cada hombre, el suyo se encontraba sin duda allí, hasta donde lo había conducido un mapa que no estaba hecho de ríos y valles, sino de besos y caricias.

Y fue justamente una caricia, pero de hielo en la base de la nuca, la que le hizo reparar en que nadie se había molestado en arreglar la ventana rota que se hallaba a la izquierda de la puerta. Para qué. McCarthy parecía pertenecer a esa clase de individuos que se acogen a la máxima de no trabajar más de lo necesario, y en caso de que él le reprochara que no hubiese repuesto el cristal siempre podría excusarse en su deseo de dejarlo todo como estaba, un ruego que había creído extensible a la ventana. Andrew suspiró. No había nada a mano con lo que tapar el agujero, así que decidió matarse con el abrigo y el sombrero puestos. Se sentó en una de las sillas, sacó el bulto del bolsillo y deslió el paño lentamente, como si oficiase una liturgia. El Colt resplandeció al recibir el fulgor lunar que se filtraba trabajosamente por el mugriento ventanuco.

Acarició el arma como si se tratase de un gato ovillado en su regazo, mientras se dejaba embargar de nuevo por la sonrisa de Marie. A Andrew no dejaba de sorprenderle que sus recuerdos continuasen conservando aquella lozanía de rosas frescas de los primeros días. Lo recordaba todo de una manera extraordinariamente vívida, como si entre ellos no mediara un abismo de ocho años, y a veces, aquellos recuerdos incluso se le antojaban más hermosos que los hechos auténticos. ¿Qué rara alquimia hacía parecer esas copias más extraordinarias que el original? La respuesta era obvia: el paso del tiempo, que convertía el borboteo del presente en aquel cuadro terminado e inalterable llamado pasado, un lienzo que el hombre siempre pintaba a ciegas, con unas pinceladas erráticas que solo cobraban sentido cuando se alejaba de él lo suficiente para admirarlo en su conjunto.

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